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Algodoneros

febrero 18, 2011

En los campos de Arahal el cultivo del algodón tuvo su importancia a comienzos de los años 60. Entonces, la agricultura de secano en la provincia de Sevilla estaba dominada por varios cultivos: maíz, algodón, trigo, girasol, remolacha y, por supuesto, el olivar de mesa y el olivar de molino. Los sesenta fueron unos años de gran producción algodonera y esto lo demuestra la campaña del 62-63 que alcanzó el máximo histórico nacional con más de 350.000 hectáreas cultivadas (actualmente se cultivan unas 80.000 en un año normal; 40.000 en año de sequía). Las características de este cultivo eran la de una agricultura muy estacional, basada en la contratación de numerosos trabajadores eventuales con bajos salarios, que  aseguraban la recolección manual de la cosecha y la competitividad en un mercado protegido.

Juan José Blanco, uno de los participantes en las tareas algodoneras de aquella época, me envía su testimonio, acompañado de unas imágenes muy interesantes que ilustran el ambiente de la recolección.

El lugar era el cortijo de Menguillán en 1962, cuando Juan José Blanco tenía trece años. La recogida se hacía entre los meses de Julio y Agosto. Juan recuerda: “había dos cuadrillas, salíamos del cortijo  a las 8:30 o 9:00 de la mañana, en un remolque, para el tajo. La jornada duraba hasta las 19:00 aproximadamente, con poco más de 45 minutos para comer, después si se descansaba algo, se hacía a la sombra de la saca de algodón. El trabajo era a tarea, te pagaban los kilos recolectados. El primer año no conseguí llegar a los 100 y el segundo alcancé los 120…” En esta fotografía con un grupo grande de cogedores, Juan me señala,  al fondo y en el centro, al aguaó montado en un mulo: “…por cierto el agua estaba bastante caliente”.

Juan describe la forma de trabajo: “…llevábamos un saco atado a la cintura, donde se echaba el algodón. Cada uno, o cada familia identificaba sus sacas, con iniciales o marcas, las sacas se situaban en el centro de la hilada, lo que permitía echar lo que se recogía en cada media vuelta. El algodón había que prensarlo un poco en la saca, para conseguir el mayor peso posible, lo que suponía un trabajo importante a la hora de trasladarla cuando estaban casi llenas, sobre todo para los más pequeños. Una vez finalizada la jornada, José el aperaó procedía  al pesado de las citadas sacas en el cortijo…”

El descanso de 45 minutos antes citado se utilizaba logicamente para comer. El plato cotidiano era el gazpacho, que Juan comparte con sus primas. En la foto podemos apreciar lo bien preparados que iban los algodoneros para la lucha con el sol: un amplio sombrero de paja y un pañuelo debajo para el sudor; manga larga y pantalones debajo de las faldas.

Juan completa sus recuerdos agrícolas: “La siembra se llevaba a cabo en el mes de abril o primero de mayo y el terreno tenía que estar húmedo. Esta labor era habitual  que la hicieran los jóvenes. La semilla se echaba en agua la tarde antes, para que se ablandara y facilitara la germinación. Los agricultores pequeños utilizaban una yunta de mulos, para abrir los surcos para las hileras.  La separación entre una hilera y otra, era aproximadamente de 80 cm y entre una mata y otra a la medida de un paso. Se echaban  cinco o seis semillas, las cuales se pisaban para que se incrustaran en la tierra húmeda  del surco y posteriormente se tapaba con la reja del arado. Si el terreno estaba húmedo estaba asegurada la germinación. Cuando la planta alcanzaba una altura de aproximadamente ocho o diez cm se retiraban los pies más pequeños, dejando los dos más grandes por mata. Esto se llamaba  castrar… Este trabajo lo hacían los muchachos, ya que había que ir agachado. Lo hice muchas veces en la vega de Carmona, pero recuerdo haber castrado algodón, donde actualmente está la barriada de la Paz… Una vez arrancadas las matas se quemaban o se podía hacer cisco con ellas, para el brasero o la copa, procurando que no le quedara ninguna porra de algodón ya que producía humos.  Este cisco era de peor calidad que el obtenido en la limpia de los olivos.”

Y concluye: “El trabajo era duro, ya que la postura era incómoda. En los dedos te salían repelos. Hacía mucho calor y tenias que arrastrar el saco durante todo el día. El agua era mala y además caliente… Evidentemente todo esto se soportaba por la juventud de la mayoría. Lo positivo: el buen compañerismo.”

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