Imagen de Washington Irving

marzo 12, 2010

El viajero romántico más conocido en Arahal, o quizás el único, es el norteamericano Washington Irving, que pasó por el pueblo en 1829, camino de Granada y de la Alhambra. Que sea más conocido que otros viajeros del s. XIX se debe al éxito y difusión de sus obras, en especial los famosos Cuentos de la Alhambra, publicados en Filadelfia en 1832 con el título de “Conjunto de cuentos y bosquejos sobre Moros y Españoles”. También en Arahal es conocida su estancia porque lo que escribió, el relato sugerente y exótico de la posada, fue divulgado y publicado en la obra citada.

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Washington Irving nació en Nueva York en 1783. Estudió Derecho, pero sus intereses estaban en el mundo del periodismo y la literatura. En 1815 se trasladó a Europa, viviendo en algunas de sus ciudades. Vino a España llamado por el embajador de su país para que estudiara en El Escorial documentos relacionados con el descubrimiento de América. Fue en este primer periodo español cuando pasa por Arahal camino de Granada. Más tarde Irving sería nombrado secretario de la legación norteamericana, y con el tiempo llegaría  a ser  embajador de los Estados Unidos en Madrid (1842–1845). Este viajero incansable terminaría volviendo a su pais y muriendo en su casa del estado de Nueva York en 1859.

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Washington Irving tenía 46 años cuando pasó por Arahal. Es en el atardecer de un dia del mes de Mayo de 1829 cuando el viajero nos lo cuenta: “Llegamos a Arahal, pueblecito entre cerros, poco después de puesto el sol. Lo encontramos animado por una partida de migueletes que recorrían la comarca a la busca y captura de ladrones…” Se piensa, sin mucho fundamento, que Irving se hospedó en la antigua posada de la Plaza Vieja. Es tan firme la creencia que en Arahal se le dió el nombre de Posada de Washington Irving, aunque esto no sirvió para que se respetara su memoria, pues el edificio fue destruido en los años 80.

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Este archivador de cartas oficiales es de 1844 y pertenece a su época de embajador de los Estados Unidos en Madrid (1842–1845). En diferentes etapas, Washington Irving se fue convirtiendo en un gran hispanista, gracias a su trabajo y a sus períodos de permanencia en España, siempre con afán de conocimiento de la historia y la literatura españolas.

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Como buen viajero, aceptando la dura tarea de viajar en aquella época, Irving escribe antes de llegar a Arahal: “seguimos camino adelante en nuestras cabalgaduras a través de la campiña. Era una de esas extensas llanuras, tan frecuentes en España, en la que durante millas y millas, no se ve ni un árbol ni una casa…” Es algo parecido a lo que dicen otros viajeros románticos. Cuando aparecen más personas en el camino, tendrían un aspecto parecido al que nos pinta el inglés John Phillip en su cuadro (Spanish Peasants. The Wayside in Andalucia), realizado en 1863 dentro del gusto romántico de la época.

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Algunos caminos eran más peligrosos. En este cuadro de M. Barrón y Carrillo, pintado en 1852, se ve a unos viajeros por la sierra, un tema romántico con pretexto paisajístico. El título es  Contrabandistas pasando por la Serranía de Ronda. Washington Irving tomaba nota, según le informaba su guía Antonio, de los viajeros con que se cruzaban en los caminos. En su diario dice: “Los contrabandistas de tabaco tienen buenos caballos y corren riesgos considerables…” Y en la posada de Arahal: “el jefe de la partida de migueletes nos dijo que poseía una lista de todos los ladrones del contorno y que era su propósito capturar a todos aquellos hijos de su madre. Al mismo tiempo nos ofreció algunos soldados en calidad de escolta…” Cosa que rehusó Irving.

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Muchos tipos pintorescos se cruzarían en el camino del escritor. Como estas dos gitanas pintadas en 1857 por el inglés inglés John Phillip y titulado Gypsy Musicians of Spain. De su estancia en la posada de Arahal escribe Irving: “En tanto que cenábamos con este jactancioso compañero, oímos las notas de una guitarra y el alegre repiqueteo de las castañuelas, y al momento,un coro de voces entonaba un aire popular. En efecto, nuestro posadero, había conseguido reunir cantores y músicos aficionados, así como a las bellas aldeanas del vecindario. Cuando salimos, el patio de la posada ofrecía el aspecto de una auténtica fiesta española…”

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El escritor vino a España para investigar en sus archivos, como vemos en este cuadro titulado Washington Irving in the Archives of Seville de David Wikie. Está fechado en 1828, es decir, un año antes de su partida para Granada. Fruto de su actividad investigadora fué el libro titulado  The Life and Voyages of Christopher Columbus. Más adelante ampliaría sus proyectos españoles.

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Una galera con viajeros en el camino de Granada. Este es el tema del cuadro pintado por Marius Engaliére en 1854 que refleja muy bien el mundo español que vivió Irving, mostrando vias de comunicación y medios de transporte de la época. El escritor, como otros viajeros románticos, se conformó con las incomodidades de los caminos en su afán de conocer España.

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En una hoja manuscrita de sus notas, que se conservan en la Biblioteca de Nueva York, Washington Irving apunta el significado de nombres característicos españoles: Pepe, Pepa, Pepita, hidalgo, hidalguía. Describe un duro de la época como “un dólar de plata”.

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Esta fotografía, realizada después de la estancia del escritor en España, refleja bien el ambiente que pudo encontrar en Granada. Está realizada por Charles Clifford en 1862 y se titula Gitanos en el Patio de los Leones.

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Otros vajeros que pasaron por Arahal

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Texto completo de la estancia de Washington Irving en Arahal:
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“Terminamos de comer cuando dieron las dos en el lacónico reloj del castillo. Nos despedimos, pues, de nuestros amigos de Sevilla, y dejando a losmolineros todavía en manos del barbero, seguimos camino adelante ennuestras cabalgaduras a través de la campiña. Era una de esas extensas llanuras, tan frecuentes en España, en la que durante millas y millas, no se ve ni un árbol ni una casa, infeliz del viajero que ha de atravesarlas expuesto como nosotros a los fuertes y repetidos chaparrones de agua. No hay modo de evitarlo ni lugar donde guarecerse. Nuestra única protección eran nuestras capas españolas, que casi cubren jinete y caballo, aunque aumentan de peso a cada milla. Cuando creímos haber escapado de uno de estos aguaceros, veíamos como se acercaba otro, lenta pero inevitablemente. Felizmente para nosotros, brillaban, en el intervalo, los claros y radiantes rayos del sol andaluz que hacían brotar círculos de vapor de nuestras capas, pero que también las secaban algo, antes del próximo aguacero.
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Llegamos a Arahal, pueblecito entre cerros, poco después de puesto el sol. Lo encontramos animado por una partida de migueletes que recorrían la comarca a la busca y captura de ladrones. La presencia de extranjeros como nosotros eran algo inusitado en los pueblos del interior; un acontecimiento de este tipo asombra y pone fácilmente en conmoción a los pueblecitos españoles de esta categoría. Mi posadero, con dos o tres viejos y sesudos compinches de pardas capas, examinó nuestros pasaportes en un rincón de la posada,
mientras que un alguacil tomaba nota a la débil luz de un candil. Los pasaportes en la lengua extranjera los dejaron perplejos; pero nuestro escudero Sancho les ayudó en su examen y ponderó nuestras personas con la típica prosopopeya del español. En tanto, la pródiga distribución de unos cigarros puros nos captó las simpatías de todos los circundantes, que al poco tiempo se apresuraban a darnos la bienvenida. Incluso e mismo corregidor se llegó a presentarnos sus respetos, y la posadera metió con ostentación, en nuestra estancia, un gran sillón con asiento de anea para el acomodo de aquel importante personaje. Cenó con nosotros el jefe de la patrulla, un despierto andaluz, alegre y charlatán. Que había sido soldado en la campaña de América del Sur y que nos contó sus proezas bélicas y amorosas, en estilo grandilocuente, lleno de ademanes y contorsiones y con extraña contracción de ojos. Nos dijo que poseía una lista de todos los ladrones del contorno y que era su propósito capturar a todos aquellos hijos de su madre. Al mismo tiempo nos ofreció algunos soldados en calidad de escolta, mientras decía:
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– Uno sólo es suficiente para protegerles, señores: los ladrones me conocen yconocen también a mis hombres; basta uno de ellos para esparcir el terror por toda la sierra.
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Le agradecimos su ofrecimiento, aunque le aseguramos, con un tono de voz igual al suyo, que no teníamos miedo a todos los ladrones de Andalucía juntos, por la tranquilidad que inspiraba la protección de Sancho, nuestro valiente escudero. En tanto que cenábamos con este jactancioso compañero, oímos las notas de una guitarra y el alegre repiqueteo de las castañuelas, y al momento, un coro de voces entonaba un aire popular. En efecto; nuestro posadero, había conseguido reunir cantores y músicos aficionados, así como a las bellas aldeanas del vecindario. Cuando salimos, el patio de la posada ofrecía el aspecto de una auténtica fiesta española. Tomamos asiento, junto con nuestros posaderos y el jefe de la patrulla, bajo un arco del patio. Pasó la guitarra de mano en mano y actuó como Orfeo de aquel lugar un alegre zapatero. Era un mozo de agradable continente, con grandes patillas negras, que iba arremangado hasta el codo. Manejaba la guitarra con singular destreza y nos deleitó con una cancioncilla amorosa acompañada de miradas muy expresivas al grupo de mujeres, de quienes, por las trazas, era el favorito. Bailó después un fandango, acompañado de una alegre damisela andaluza, que deleitó a la concurrencia. Pero ninguna de las allí presente podía compararse con Pepita, la bonita hija de nuestro posadero, la cual se escabulló y se hizo la “toilette” que el caso requería. Volvió poco después con la cabeza cubierta de rosas y se lució bailando un bolero, en compañía de un joven y apuesto soldado de caballería. Por nuestra parte, ordenamos a nuestro posadero que corriesen en abundancia y los refrescos entre los circunstantes. A pesar de ello, y aunque era aquélla una mezcla abigarrada de soldados, arrieros y aldeanos, nadie se excedió de los límites de una moderada alegría. La escena era a propósito para el deleite de un artista: un pintoresco grupo de bailarinas, los soldados con los uniformes sólo en parte militares y los campesinos envueltos en sus capas verdes. Es asimismo digna de mención, la presencia del viejo y delgado alguacil con su negra capilla, que ajeno a todo lo que allí pasaba y sentado en un rincón, escribía activamente a la débil luz que despedía un velón de cobre, digno de los tiempos de Don Quijote.
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La mañana siguiente amaneció fragante y luminosa, como deben de ser las mañanas de un día de Mayo, según los poetas. Salimos de Arahal a las siete; toda la posada estuvo en la puerta para despedirnos.”

(Cuentos de la Alhambra‎ – Página 37)

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Referencias bibliográficas:
La mayor parte de las imágenes de esta entrada corresponen a la exposición Washington Irving and the Alhambra. 1859-2009, realizada con motivo de cumplirse los 150 años de su muerte.
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