Los hombres sabios

diciembre 1, 2010

Bajo el título de Los hombres sabios de Arahal el viajero inglés Charles B. Luffman describe su paso por el pueblo en 1893 y así aparece en su libro de viajes publicado en Inglaterra a finales del siglo XIX. Luffman, que viajó por toda España, pernoctó en Arahal y guardó buen recuerdo de una charla sobre agricultura con los prohombres arahalenses de entonces. La traducción de ‘wise man’ por “sabios” me parece más adecuada que la de “juiciosos”, pues Luffman quería hacer ver la sabiduría y el conocimiento agrícola de sus interlocutores.

Charles B. Luffman (1862-1920), desde los treinta años se había dedicado al negocio de la fruta en Italia, Francia y España y había sido representante en Málaga de Delius Bros. Fue un gran viajero (1). En 1895, en un corto período en que había vuelto a Inglaterra, publicó A vagabond in Spain (no traducido al español), un libro de viajes con sus experiencias por tierras españolas. Arahal aparece al comienzo del capítulo XVI, “De Sevilla a Granada”, cuando el autor abandona Sevilla camino de la capital granadina. Luffmann duerme en la posada del Sol y tiene un encuentro con la gente importante del pueblo avisada por el posadero que les informa de un viajero entendido en agricultura.

Retrato de Charles Bogue Luffman en una revista inglesa de horticultura (1899) y cubierta de su libro A vagabond in Spain, editado por J Murray en Londres en 1895. Debajo las cuatro páginas que tratan de Arahal al comienzo del capítulo XVI, “At Arahal”, y su traducción.

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“Tengo apuntado en mi cuaderno de notas “Una vez pasado Sevilla, la carretera desde Alcalá hasta Arahal es muy mala”, y me reafirmo en lo escrito.
La tierra era buena y bien cultivada en algunos lugares, pero el camino era llano, malo y aburrido. De vez en cuando aparecían algunas chozas, pero no conseguí encontrar pan, y me tuvé  que conformar con el “vaya con Dios” que me decían y que sería mi sustento hasta llegar a Arahal, una caminata de cerca de veinte millas. Como era la época de la recolección de aceitunas, los caminos estaban llenos de hombres y mujeres de todas…”

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“…las edades, que andaban en busca de trabajo en campos y almacenes. La mayoría de las mujeres iban vestidas con ropa de hombre, y sólo por su rostro podían distinguirse de ellos. La finalidad de la ropa masculina es la de poder subirse a los árboles en las escaleras y agacharse cogiendo aceitunas. Todas fumaban (sic), usando con frecuencia un lenguaje más soez que el de los hombres. Hay españoles que se quedan en casa pensando que echar una peonada cogiendo aceitunas no es un buen trabajo, aunque yo he encontrado a muchos cogedores entre Sevilla y Granada, que siempre me han tratado con educación.

En Arahal fuí recibido en la posada del Sol por el posadero, que no encontrando en mí ningun crimen a la nación, enseguida se volvió amable y se ofreció a presentarme a las autoridades del pueblo. Arahal no tiene más de 4000 habitantes, lo que no impide que un pueblo pequeño tenga un grupo de hombres grandes.

Esa noche había una reunión para resolver las quejas de algunas pobres viudas y otros que se oponían que sus únicas ayudas en la vida fuesen enviados a la guerra con los moros en Melilla.

Estuve viendo a esas viudas y otras pobres gentes llorando lastimosamente y contando tristes historias de su miseria, pues me habían hecho pasar a la sala donde se celebraba la reunión (¿ayuntamiento?)…”

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“…Una docena de hombres, de los más gordos que he visto, estaban sentados alrededor de una mesa. Parece que en Arahal se considera que inteligencia y gordura van juntas.

Uno de ellos, un orondo sacerdote de rostro colorado, fue el portavoz. Sabiendo que yo estaba interesado en la agricultura, me dio la bienvenida con la efusividad que tienen los hombres gruesos.

Insistieron todos y cada uno en que les diera mi opinión de la agricultura en España. Me alegré de poderles decir a los hombres sabios de Arahal que ellos estaban en medio de la gran riqueza nacional y que se esforzaban considerablemente por aumentarla. Logicamente esto les gustó, dejando de alabarme a mí y empezando a alabarse ellos. Me contaron las cantidades de maíz y aceite que habían recolectado y como habían engordado.

¡Esto era innegable! Además, me confesaron que desde que habían visto que esta energía significaba éxito, Arahal había estado creciendo cada vez más. Tan lejos estaba esto de la forma de  hablar del español normal, que me llegué a preguntar qué clase de  hombres eran,  y de dónde habían sacado esa sencilla sabiduría.

Su  generosidad fue tan grande como su volumen, pues me dieron un puñado de puros y…”

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“… cigarrillos, pidiendo que me sirvieran una buena cena en la posada del Sol. Mientras tanto, las pobres mujeres y una muchedumbre de curiosos pasaban frío en la calle… Tenía que hacer frío pues Arahal está desprotegida, situada en alto y rodeada de llanuras.

En la posada, había un grupo de jóvenes reclutas custodiados por algunos guardias civiles. Los reclutas se emparejaban unos con otros sin problema, pareciendo temer un ataque bélico, cuando sólo llevaban veinticuatro horas con el uniforme. Les oí como se hacían promesas de permanecer unidos en la vida y en la muerte, hablando de mandar algun recuerdo a su anciana madre o suspirando por amores que habían dejado atrás… Por último, nos sentamos alrededor de un débil fuego de mazorcas que ardía en un “brasero” en el suelo de la posada. Los reclutas hablaban de  “su casa”, contando y añorando momentos pasados que parecían haber acabado para siempre. Cuando se apagó el fuego y se terminó de relatar la última historia, me fuí al granero, donde me acosté pasando frío hasta el amanecer. Este último regalo de Arahal fue helador, y todavía me quedaba un duro camino por recorrer hasta la noche…”

Charles B. Luffman se marcha de Arahal por la mañana temprano y llega a La Puebla de Cazalla por la tarde.

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La visión que Luffman nos da de Arahal en estas cuatro páginas es característica de los libros de viajes, un género habitual en el mundo anglosajón, con lectores deseosos de conocer las aventuras de sus paisanos en otras tierras. Dejando lo negativo y erróneo que puede haber en los testimonios de viajeros, el conjunto siempre resulta interesante por el conocimiento que nos proporciona de lugares que en esa época estaban al margen de cualquier información. Con sus datos se pueden recobrar el pulso y la vida cotidiana de algun pueblo, como en este caso ocurre con Arahal.

El relato que hacía el viajero romántico o post-romántico, además del estudio realista de los lugares por donde pasaba, estaba obligado a ser una narración atractiva y pintoresca para los lectores. No tenía sentido publicar un libro sin interés. También Luffman exagera con humor (inglés) sobre algunos aspectos del pueblo.

Al comienzo del capítulo de Arahal nos revela su método de trabajo: viajaba tomando notas en un cuaderno, leído posteriormente en Inglaterra para redactar el texto definitivo, siempre acompañado por sus recuerdos. Cuando lee en sus notas que el camino desde Alcalá hasta Arahal es muy malo, lo sigue recordando así y no cambia de opinión. En esto coincide con otros viajeros del XIX: era un camino malo y tedioso en una gran llanura, sin sombras, sin fuentes ni ventas. Luffman no consigue comprar ni pan.

Una rara observación, la del fumar de las mujeres (“todas las mujeres fumaban”), puede deberse a la mala interpretación de un efecto óptico del vaho en invierno. Es inconcebible pensar en una mujer del pueblo fumando a finales del siglo XIX. El habla soez si que debía ser algo habitual.

Lo más chocante es la repetida exageración de la gordura, utilizada para definir con humor a los hombres de la reunión. Hay que tener en cuenta que el concepto de gordura de entonces no tiene nada que ver con el sentido estético de ahora. Luffman estaba ilustrando la prosperidad del pueblo con el grosor del cura, autoridades y caciques. No nos habla del resto de la población, que tendría otro aspecto distinto, a veces cercano a la delgadez y la miseria.

Después de todo, Arahal sale bien parada con esta alusión de Luffman a sus “wise men”. ¿De qué hablarían realmente, además de las cortesías y adulaciones que nos relata? Lo cierto es que en la redacción de su libro en Inglaterra él recordaba esta sabiduría de un pueblo del sur.

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Viajeros de los siglos XVIII y XIX que pasaron por Arahal (con entrada en estas páginas):

Jose Celestino Mutis pasó por Arahal en 1760

Henry Swinburne pasó por Arahal en 1775

W. Humboldt pasó por Arahal en 1799

Washington Irving pasó por Arahal en 1829

Thomas Debary pasó por Arahal en 1849

– Charles B. Luffman pasó por Arahal en 1893

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Notas

(1) Azorín lo conoce y lo cita cita en su libro “Fantasías y devaneos” (1920), en el capítulo “La tierra de Castilla”, como “el ilustre autor de A vagabond in Spain”. Hacen juntos una excursión al Pardo.

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Bibliografía

Luffmann, Charles Bogue.- “A vagabond in Spain”. London, J. Murray (1895).

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