Archive for enero, 2011

El olivar romano

enero 27, 2011

Los olivares que rodean Arahal pertenecen al patrimonio agrícola de una cultura antiquísima. Son como un escudo heráldico que define la personalidad del pueblo. Y esto es así desde hace muchos siglos, antes de que Arahal existiera, cuando los romanos propagaron el cultivo del olivo por tierras mediterráneas.

Fueron ellos los creadores del olivar, los que realizaron la gran expansión y mejoramiento de su cultivo, pues con sus frutos abastecian las ciudades y las legiones del imperio. El olivo y sus ramas eran para los romanos símbolos de paz, fertilidad y prosperidad.

Los campos de Arahal estaban dentro de la región preferida de la Hispania romana. Fue en Andalucía, en concreto en el valle del Guadalquivir, donde se centró casi toda la agricultura para abastecer a la metrópoli, de aquí partía el vino, el aceite y los cereales que alimentaban a Roma. El aceite de oliva era el primer producto agrícola exportado de Hispania, con una calidad alabada por los escritores clásicos. El Guadalquivir se utilizaba como vía de comunicación para el comercio, navegable por barcos de gran calado hasta Hispalis (Sevilla). Por barcos de medio calado hasta Corduba y de pequeño calado hasta Cástulo (a cinco kilómetros de Linares).

Mapa de la Betica en el siglo I A.C., como está descrito por César en De Bello Hispániensi, es decir la guerra de Julio César en Hispania. Realizado por Hermann Moll. Londres, 1725.

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Cultivo del olivo

El cultivo del olivar romano lo conocemos a través de los textos de los escritores clásicos. Plinio decía que ‘en la Bética, valle del río Guadalquivir, no hay mayor árbol que su olivo del que se recogen ricas cosechas’. Columela, hispano romano nacido en Cádiz, en su “De Re Rustica” o “Doce libros de Agricultura”, habla ampliamente del olivo, del aceite y del adobo de aceitunas de la Bética. El olivo, dice, es el primero de los árboles. Para el escritor gaditano, su cultivo necesitaba poco cuidado, aconsejando una poda cada ocho años, al contrario que Plinio y Catón que decían que era conveniente quitar las ramas secas y rotas una vez al año. Tan poco cuidado era el olivo romano que se pensaba que un “buen labrador” no debía dedicarse a este tipo de cultivo.

Sobre la forma de plantarlos, escribía Columela que se adaptaban muy bien a las pendientes moderadas, no siendo buenos ni en lugares muy altos ni muy bajos. Recomendaba también que los olivos se plantasen a 60 pies de distancia por un lado (17,60 metros) y 40 pies por otro. Con estas distancias se deduce que por cada hectárea existirían un máximo de 35 árboles, lo que indica un rendimiento mínimo, impensable con los criterios de rentabilidad actuales. Pero esto obedece a que los agricultores romanos de la Bética sembraban cereales en los entreliños de los olivos, consiguiendo una diversificación de cultivos que, si bien disminuía la producción olivarera, aumentaba la renta global de la explotación rural.

Varrón aconsejaba coger la aceituna a mano, por el método de ordeño, o con caña, pero nunca con varas que podían dañar los brotes de las ramas del olivo con la consiguiente pérdida para el año siguiente.

Encontramos más testimonios sobre en Estrabón (1), Lucrecio (2), Virgilio (3) y otros (4).

El arado romano, la más importante herramienta agrícola de la antiguedad, junto a otras herramientas de metal, utilizadas para cortar y podar.

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Aceitunas y aceites

Los romanos distinguían y clasificaban el aceite según el estado de la aceituna y su momento de recolección. Los principales aceites romanos eran los siguientes:

Oleum ex albis ulivis que, como indica su nombre, era el procedente de las aceitunas verdes recolectadas a mano.

Oleum viride, extraido de las aceitunas casi maduras.

Oleum meturum, procedente de las aceitunas maduras

Oleum caducum, el que se extraía de las aceitunas ya caídas del árbol.

Oleum cibarium, por último, confeccionado con aceitunas picadas o podridas.

Para transportar el aceite se usaba el ánfora olearia, de forma globular, cuello corto y dos asas contrapuestas. En éstas había sellos e inscripciones de las vasijas en sus asas, que contenían información de los comerciantes, cantidad de aceite y el lugar de procedencia. Su interior, recubierto con resina de pino para evitar filtraciones, tenía una capacidad de 75 litros. Estas ánforas eran envases de un solo uso, desechables una vez utilizadas. Para el transporte fluvial o marítimo se colocaban en posición vertical encajadas unas con otras. Vacías pesaban unos 30 Kgs. y con aceite llegaban a los 100 Kgs. Para el transporte por tierra se usaban odres de piel hasta los puertos donde estaban las alfarerías de ánforas.

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El prestigio del aceite de oliva de la Bética está probado arqueológicamente en el Monte Testaccio, un vertedero de envases cerámicos cercano al puerto de Ostia, en el que son abundantes (un 80%) los restos de ánforas romanas fabricadas en Hispania, utilizadas para el transporte del aceite de oliva a Roma. Estudiándolas se puede reconstruir la historia del aceite de oliva en los tres primeros siglos de nuestra era. El aceite de oliva de Hispania se conocía en todo el mundo occidental romano, sus vías comerciales naturales eran los grandes ríos: Ródano, Garona, Rin, Danubio, etcétera. A través del Canal de La Mancha y hasta finales del siglo II, todo el aceite exportado a Britania procedía de la Bética.

Para conseguir un aceite de calidad se cosechaba la aceituna antes de estar totalmente madura, y se trataba de moler el mismo día de su recolección y sin romper los huesos para no estropear al sabor del aceite. La limpieza del aceite se hacía transvasando de unas cantaras a otras dejándola reposar cada vez para dejar en el fondo las impurezas, pasando una vez puro a grandes vasijas llamadas dolias olearias.

La colocación de las ánforas en la bodega del barco era una habilidad de los comerciantes romanos, pues la base picuda de las vasijas tenía la finalidad de clavarlas en la arena de las playas. El transporte, dirigido a todo el Imperio romano, se iniciaba utilizando la vía fluvial del Genil (Singilis) y del Guadalquivir (Baetis). Cuando el aceite llegaba a Sevilla (Hispalis) se trasvasaba a barcos de mayor calado y capacidad para distribuirlo por todo el territorio romano, especialmente, la propia Roma. El transporte fluvial era más rápido y económico que el realizado a través de vías terrestres.

El gran florecimiento del cultivo del olivo, vino aparejado con la expansión de todas las culturas. Después de la expansión del cultivo romano, los pueblos árabes se encontraron con los magníficos olivares. El geógrafo y viajero Muhammad Al-Idrishi, que vivió entre 1100 y 1166, describe y señala los mayores olivares que se encontraban en la península, señalando el aceite sevillano como uno de los mejores de toda la Bética. Los árabes continuarían mejorando tanto las técnicas de cultivo y las de obtención del aceite.

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Notas:

(1) Estrabón en el siglo I a.C. también alaba la calidad del aceite de la Bética con estas palabras: ‘La Turdetania es maravillosamente fértil y exporta gran cantidad de aceite de calidad insuperable’.

(2) Lucrecio (Tito Lucrecio Caro), siglo I a.C., en su libro ‘De rerum natura’ cuenta sobre el progreso del olivo lo siguiente: ‘De día en día, obligaban a los bosques a retroceder hacia las montañas y a ceder las tierras bajas a los cultivos, con tal de tener viñedos lozanos en las colinas y en los llanos y que la mancha azulada de los olivos, destacándose, pudiera extenderse en los campos, por las hondonadas, valles y llanuras’.

(3) Virgilio en sus Geórgicas nos hace la comparación del cultivo del olivo con el de la vid y nos dice lo siguiente: ‘Contrariamente a la vid, el olivo no exige cultivo, y nada espera de la podadera recurva ni de las azadas tenaces, una vez que se adhiere a la tierra y soporta sin desfallecer los soplos del cielo. Por sí misma la tierra, abierta con el arado, ofrece ya suficiente humedad a las diversas plantas y da buenos frutos cuando se utiliza debidamente la reja. Cultiva, pues ¡oh labrador!, el olivo, que es grato a la paz’.

(4) Son muchos los autores romanos que hacen mención al olivo hispano, desde Apiano que nos habla de los olivares del Sistema Central, las tierras que están situadas por encima del río Tajo, a Rufus Festus Avieno que denomina al río Ebro ‘el río del aceite’.

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Herejes y sermones

enero 12, 2011

También encontramos a Arahal en un siglo de herejías e inquisiciones como el XVII. El dia 29 de junio de 1623, Antonio Farfán de los Godos da en el pueblo uno de sus discursos “en defensa de la religión católica”, dentro de las refutaciones contra la herejía de los alumbrados, dexados o perfectos. Este sermón se imprimió en Sevilla en el mismo año. La edición del libro convertía a Arahal en una referencia en el tema de los alumbrados sevillanos.

Aunque no es fácil imaginar ese Arahal de 1623, que no llegaría a mil habitantes, escuchando terribles palabras de condena y salvación incomprensibles para la mayoría, si conocemos  los movimientos religiosos de esa época y la reacción de la Contrarreforma católica vigilándolos y castigándolos. Con su mejor instrumento, el Tribunal del Santo Oficio, conocido como la lnquisición, que existía desde siglos anteriores,  controló y garantizó la pureza de la fe católica de los creyentes y de aquellos que se convertían al cristianismo. En esta vigilancia de movimientos espirituales entraban los alumbrados del sermón de Arahal.

La obra de Farfán (aquí debajo) tiene el siguiente título en la portada: “Discursos en defensa de la religión católica contra la secta de los alumbrados, dexados o perfectos (predicados día de los gloriosos apóstoles san Pedro y san Pablo, 29 del mes de junio, deste año de 1623, en la villa del Arahal, lugar deste Arzobispado de Sevilla; a la publicación general del edicto de gracia de la santa Inquisición. Su fecha en Madrid, 9 de mayo. Por el licenciado Antonio Farfán de los Godos, hijo desta ciudad de Sevilla. Sevilla, oficina de Gabriel Ramos Bejarano, 1623). Editado en 4º, con cuatro hojas preliminares y 22 de texto.

Antonio Farfán de los Godos, comendador de Tocina y bailío de Lora (1), era descendiente de la Casa de los Farfanes, cuyo linaje procede de la nobleza visigoda, importantes personajes en el reino marroquí después de la conquista musulmana. Reaparecieron en Castilla con Juan II con el nombre de Farfán de los Godos. Antonio fue comendador de la Orden de San Juan de Jerusalén y era conocido por sus discursos, así como por una Historia de España manuscrita, sin publicar. Su madre, doña Isabel de León Farfana, fue la fundadora del monasterio de Santa Isabel en Sevilla, en la colación de san Marcos, con Monjas Comendadoras del hábito de San Juan.

El discurso en Arahal de este Farfán de los Godos es uno de los muchos realizados en distintas localidades andaluzas a raíz del edicto promulgado por el inquisidor general, D. Andrés Pacheco, para atajar la herejía de los alumbrados en Sevilla y Cádiz. El edicto se divulgó ante la mayor audiencia, leyéndose en las iglesias durante la misa mayor. Aunque la Inquisición ya se había enfrentado a las corrientes heréticas en el siglo anterior, el cardenal Pacheco insistió presentando un catálogo con los setenta y seis errores en que más frecuentemente incurrían alumbrados, dexados o perfectos.

Entre la numerosa oratoria que debió producirse entonces en contra de la herejía, queda éste de Arahal que publicó Farfán de los Godos. Con no muy buen opinión posterior, como podemos leer en la “Historia de los Heterodoxos Españoles” de Menéndez y Pelayo: “Escribiéronse dos refutaciones de esta herejía en son de comentar el edicto, ambas con perverso gusto, muy indigestas y poco verídicas y noticiosas. La primera fue predicada en forma de sermones a su pacientísimo auditorio de la villa de Arahal por el licenciado A. Farfán de los Godos…” Así, como “pacientísimo” pueblo, entra Arahal en la historia de Menéndez y Pelayo.

Lo cierto es que esta herejía del alumbradismo había calado en la población sevillana desde el siglo XVI. La Inquisición la definió desde el ángulo del misticismo y, a veces, de la sensualidad. Menéndez Pelayo, en la obra citada, consagra uno de sus capítulos a estos alumbrados y los considera, en algunos casos, «libidinosos» y aún «sátiros». Como resultado del edicto y de los sermones, comenzaron a surgir personas infectadas por la herejía, sobre todo en la ciudad de Sevilla. Entre ellas, gente importante y mujeres nobles y ricas, a las que se les imponía una penitencia fácil (2). Los alumbrados creían en el contacto directo con Dios a través del Espíritu Santo mediante visiones y experiencias místicas. Algunos místicos españoles, como Sta. Teresa de Ávila, fueron sospechosos de pertenecer a los alumbrados.

No se conoce movimiento herético relevante en Arahal, tal como ocurrió en otros lugares (alumbrados de Llerena o de Lucena)(3). Arahal fue uno de los muchos lugares donde se predicó contra la herejía. Sin la publicación del citado pequeño libro de 22 hojas, Arahal no habría aparecido en esta historia.

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Notas:

1.- El bailío era un agente de la administración señorial, un oficial de espada o de “robe” que administraba justicia en nombre del rey o de un señor.

2.- Según una carta anónima de Sevilla, conservada en un códice de la Universidad de Salamanca, «la mayor parte de la ciudad estaba inficionada, y particularmente mujeres, entre ellas señoras muy principales, nobles y ricas… No hay duquesa ni marquesa, ni mujer alta ni baja, excepto las que se confiesan con frailes dominicos, que no tengan algo que decir de lo que rezan los edictos» (“Historia de los Heterodoxos Españoles” de Menéndez y Pelayo).

3.- Hernando Álvarez y Cristóbal Chamizo fueron unos clérigos de Llerena acusados de extender por Extremadura a finales del XVI y principios del XVII unas extravagantes prácticas y opiniones teológicas, consideradas como de alumbrados por la Inquisición.

En Lucena se conoce la pretensión de los alumbrados de comulgar sin confesar, porque creían que gente justificada y confirmada en el bien no pueden ya pecar.

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Imágenes: 1.- Escudo de la Santa Inquisición.   2.- Portada del libro “Discursos en defensa de la religion catholica, contra la secta de los Alumbrados, dexados, o perfectos : predicados… ” (1623) de A. Farfan de los Godos.   3.- Farfán de los Godos citado en los “Hijos de Sevilla ilustres en santidad, letras, armas, artes, ò dignidad…” de Fermín Arana de Varflora. (1791).   4.- Herejes penitentes con sambenito y coraza.   5.- Congreso sobre los alumbrados celebrado recientemente (Junio 2010).

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Como un vecino más

enero 2, 2011

D. Juan Téllez Girón vivía en Arahal “como un vecino particular”, al decir de su biógrafo Gerónimo Gudiel. O sea, como un vecino más del pueblo, sin distinción alguna de su alcurnia.

¿Qué hacía en Arahal y no en Osuna el que sería IV Conde de Ureña? Arahal fue el refugio que escogió este Girón de 37 años después de su fracaso en la carrera eclesiástica, a la que había sido destinado como segundón por su familia. En Arahal se sentía feliz este espíritu refinado, tan distinto del caracter militarista de su padre y de su hermano, representantes todavía del mundo medieval. D. Juan incorporaba al señorío de Osuna un nuevo modo de pensar renacentista.

Arriba, la estancia de D. Juan en Arahal, citada en el libro de Gerónimo Gudiel:  “Don Juan Téllez Girón… después de haber heredado una moderada renta, con la cual vivía no con sobra de lo necesario en una casa que compró en el Arahal, como un vecino particular, hasta que el año de mil y quinientos y treinta y uno… y treinta y siete de su edad heredó… muriendo su hermano D. Pedro Girón, y dejando sólo una hija, que por la institución del mayorazgo no pudo heredar…”

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En Arahal, con una pensión humilde que le pasaba su hermano D. Pedro, el III Conde de Ureña, D. Juan dedicaba su tiempo a las cosas del espíritu. Parecía un rechazado de la casa familiar de Osuna, pero aquí realizaba sus aficiones de mecenazgo, rodeado por un grupo de clérigos intelectuales y artistas: lectura, pintura y música, aficiones en las que había destacado en sus estudios religiosos.

El 25 de abril de 1531 moría su hermano D Pedro, III Conde de Ureña, y tras una compleja sucesión, recibía la herencia y mayorazgo de la casa de Girón. D. Juan pasaba de segundón pobre a uno de los primeros magnates castellanos.

Cuando el residente en Arahal accede al señorío de Osuna todo cambia. Su caracter tiene la influencia de la educación de su madre, Leonor de Velasco, hija del Condestable de Castilla. Según Gudiel, “mucho parecía en ella, en rostro y cuerpo, y la religión y reverencia del culto divino”. Convertido en duque de la noche a la mañana, se casa con María de la Cueva y Toledo, hija del duque de Alburquerque. Y comienza su nueva política en el señorio, destinando muchos fondos a la construcción de conventos e iglesias: 16 fundaciones, además de la Universidad de Osuna y el hospital de la Encarnación. Treinta años estuvo en el poder, hasta su muerte en Osuna en 1558.

Escudo de los condes de Ureña, condado concedido en 1464 por Enrique IV a Alonso Téllez-Girón, señor de Ureña, Osuna y Peñafiel. Posteriormente, el Ducado de Osuna fue concedido en 1562 por Felipe II a Pedro Téllez-Girón y de la Cueva.

Retrato de D. Juan Téllez Girón, IV Conde de Ureña, con el acta de fundación de la antigua Universidad de Osuna (1548).

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Nuestra Señora de la Victoria, Mínimos de Arahal

Entre las Fundaciones realizadas  por el IV Conde de Ureña se encuentra una en Arahal. A 3 de marzo de 1546 D Juan Téllez Girón, IV Conde de Ureña, y su mujer, Doña María de la Cueva, se ofrecen a fundar, según se había concertado con la orden de Mínimos de San Francisco de Paula, un convento con la advocación de Nuestra Señora de la Victoria y San Francisco de Paula, en la iglesia y ermita de San Sebastián de Arahal, ofreciendo una dotación para trece frailes con 30.000 maravedíes de renta anual, 20.000 mrs. ofrecidos por el señor conde y 10.000 mrs. por la condesa.

En 1549 toman posesión los religiosos de San Francisco de Paula, ya convertida la ermita en convento. Los frailes tenían prohibido adquirir heredades salvo en lo necesario para su mantenimiento y, en tal caso, “arrendándolas y no aministrándolas para que no se desfrauden los diezmos y rentas pertenecientes a sus estados”. Aunque la orden de los Mínimos se consideraba ellaí misma como la más humilde de todas: los “ermitaños de San Francisco de Asís”.  Fue fundada en Italia en el siglo XV por San Francisco de Paula y se difundió pronto por Europa. En España se instaló a principios del siglo XVI. La orden llegó a contar con 450 conventos y casi 6500 miembros en todo el mundo, pero a comienzos del siglo XX sólo quedaban 19 monasterios (18 de ellos en Italia), y en el XXI ya son sólo 176 frailes.

La iglesia de la Victoria, ex-convento de los Mínimos de San Francisco de Paula, en una fotografía de principios de los años 40, realizada por el Laboratorio de Arte de la Universidad de Sevilla.

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Portada del libro de G. Gudiel, "Compendio de algunas historias de España..." (1577).

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Bibliografía

– Gerónimo Gudiel: Compendio de algunas historias de España, donde se tratan de antigüedades dignas de memorias y especialmente se da noticia de la antigua familia de los Girones y de otros muchos linajes. Alcalá, 1577.

– A. Ariza y Montero-Goracho: Bosquejo Biográfico de D. Juan Téllez Girón, IV Conde de Ureña. Osuna, 1890.

– Carlos Maza Gómez: Paseos por Osuna. Edición del autor, 2007.

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