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El Rubio del Arahal en una juerga flamenca

septiembre 15, 2012

El nombre de Arahal, que ya se había hecho famoso acompañando la muerte del “niño” bandolero quince años antes (1907), aparece de nuevo como apodo artístico en un personaje flamenco en los colmaos del Madrid de los años 20.

En el periódico de La Libertad (1) del 23 de septiembre de 1922 se puede leer una crónica festiva sobre el ambiente nocturno madrileño. Está firmada con el seudónimo de Tartarín y lleva el título de Eso que los castizos llaman una “juerga” . Uno de sus protagonistas es un guitarrista conocido como el Rubio del Arahal, que interviene en este juguete cómico junto a representantes de otras regiones españolas: hay un andaluz, un asturiano, un bilbaíno y un madrileño. El andaluz pide que acudan a la juerga “un tocaó y un cantaó decentes”. Entonces aparece el Rubio del Arahal con su guitarra bajo el brazo. Tartarín describe al de Arahal: “una especie de onza de chocolate con sombero sevillano y cazadora de alpaca negra; lleva de luto hasta las uñas…” La descripción contrasta con el rubio del nombre.

En el Madrid de los años 20 estaban de moda los colmaos donde se cantaba flamenco. La escena descrita en La Libertad la podemos completarla con la información de un blog dedicado al flamenco escrito por un arahalense (2). En los años 20 del pasado siglo, Madrid era una población de 800.000 habitantes, una ciudad bulliciosa de automóviles (8.000) y tranvías, que contaba con numerosos teatros y cafés abiertos de día y de noche. Los colmaos y tabernas proliferaban en la calle de Toledo y calles adyacentes. Pérez Galdós llegó a decir que entre la plaza de la Cebada y la Puerta de Toledo había 88 tabernas de aire andaluz. En la calle de Toledo vivió Antonio Chacón, que se había trasladado a Madrid en 1912. Aún existen recuerdos de aquella época flamenca en colmaos y cafés que rodean la Plaza de Santa Ana, como los Gabrieles o Villa Rosa. Los años 20 fueron un momento culminante del flamenco madrileño, que decayó a partir de la guerra de 1936. Podemos, pues, considerar la juerga descrita en el periódico como algo habitual en la noche madrileña.

El autor del artículo sitúa la juerga flamenca en Casa de Magritas, en un entresuelo típico de colmao, con sus paredes de azulejo, alejado de la concurrencia para poder dedicar horas al cante. Esta descripción demuestra lo habitual de estos locales que proliferaban en la época de la Dictadura de Primo de Rivera y a donde acudían personajes de dinero y alta alcurnia, como condes, marqueses y reyes noctámbulos, a oir bulerías y fandangos.

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Notas

1.- Eso que los castizos llaman una juerga en La Libertad: Año IV Número 877 – 1922 septiembre 23

La Libertad, periódico publicado en Madrid, con una edición iniciada en 1919 y finalizada en 1939. En los primeros años fue su director Luis de Oteiza. Con él colaboraron Antonio de Lezama, Antonio Zozaya, Eduardo Ortega y Gasset, Luis de Zulueta, Augusto Barcia, Pedro de Répide, Manuel Machado y Luis Salado entre otros.

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2.- Los “colmaos” del Madrid de los años 20, entrada del blog del arahalense Manuel Bohórquez sobre el flamenco de la época. (La Gazapera. elcorreoweb):

“El barrio de Triana de Madrid es ese en que radican casi todos los colmaos. Por una de esas ironías de la casualidad, esta clase de establecimientos en que se rinde culto a un dios Baco, que se toca con cordobés, están en calles que pueden vanagloriarse de una nomenclatura insigne: Núñez de Arce, Fernández y González, Echegaray.

Los colmaos son los únicos sitios donde perdura la costumbre castiza de que un sólo individuo pague el gasto de toda una reunión. Los colmaos, contra lo que pudiera suponerse, ofrecen una mercaduría cara; no son para todo el mundo. La costumbre de la convidá exige un bolsillo bien abastecido. Como la clientela es exigua, todos los parroquianos se conocen, y como además, el vino es el aglutinante de los espíritus más eficaz, penetrar en un colmao, aunque sea sólo con la intención de tomar un chato, supone gastar muchas pesetas. En Madrid hay unos veinte colmaos y puede asegurarse que la parroquia de uno es la clientela de todos. El parroquiano de colmao, por lo general, recorre todas las estaciones…”

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