Las alforjas

diciembre 4, 2012

Las alforjas es un libro de viaje editado en Londres en 1853 que representa a la perfección el relato de los viajes románticos de la España del XIX. El libro fue escrito por un joven inglés de 26 años, George John Cayley, que por motivos de salud se afincó en Sevilla en 1852. Apareció primero en una revista con un título que explica bien su contenido:  The Bridle Roads of Spain. A Journey from Gibraltar to the Pyrenees in 1852  (Los caminos de herradura de España. Un viaje desde Gibraltar a los Pirineos en 1852).  Una narración de viaje que fue elogiada por Richard Ford y en la que nos cuenta sus impresiones sobre los lugares por donde pasa y sus aventuras, más deseadas que vividas, descritas con la franqueza e ingenuidad de este género. Una de sus estancias es Arahal, parada y fonda en los caminos andaluces.

La edición de Londres de 1853 lleva en la portada una ilustración cómica en la que aparecen los viajeros vestidos a la usanza española, acompañados por burrros y alforjas. Debajo, una frase del Quijote: “Con todo eso, dijo el Don Juan, será bien leerla, pues no hay libro tan malo que no tenga alguna cosa buena”.

Este es el itinerario que siguió Cayley en su viaje por España: La Junquera – Alicante – Cartagena – Cádiz – Sevilla – Ronda – Gibraltar – Málaga – Granada – Jaén – Villarta – Madrid – Cuenca – Segovia – Valladolid – Burgos – Vitoria – Irún.

Cayley, como muchos viajeros del siglo XIX, nos muestra una imagen tópica y pintoresca de Andalucía, ignorando en su afán de aventuras lo que acontece en realidad y realzando los tintes castizos y típicos. Cayley participaba de los prejuicios del visitante extranjero,  aumentando la visión de los malos caminos y el peligro de los bandoleros, sin los cuales perdería mucho interés su viaje. De este inglés dice Caro Baroja que era “un tanto snob… enamorado como un inglés romántico lo podía estar de Andalucía, que salió de Londres en plena exposición univeral, y que vestido a la andaluza y a caballo quiso emular a Don Quijote…” (1)

En la posada de Arahal durmieron una noche él y su acompañante. Es un Arahal tranquilo y apacible, en vísperas de ver pocos años después entrar la turba revolucionaria que quemaría los archivos. Cayley cuenta poco: la cena en la posada, tan abundante en carne de cerdo que casi le lleva a una indigestión y causa de que no pudiera tomar su breakfast a la mañana siguiente. Y poco más.

En la página 155 comienza el relato arahalense. El pueblo aparece ante los ojos de los viajeros después de atravesar una “llanura desnuda, árida, y ondulante”. La vista de Arahal al fondo no le parece muy importante  (an unremarkable white town): Continuamos nuestro camino, y enseguida vimos Arahal, un pueblo blanco sin nada que destacar, en un pequeño montículo. H. me preguntó a que distancia estaría, y yo calculé que a unas tres o cuatro millas. Según se aproximan al pueblo, los viajeros se rinden a la belleza del paisaje gracias a la luz del atardecer: Mientras cabalgamos hacia el pueblo, veíamos como la puesta de sol doraba los arcos de la destruida iglesia, proporcionando a este poco pintoresco lugar un aspecto muy bonito; todo depende de la luz con que ves las cosas…

Continúa el relato en Arahal: Llegamos a la posada y pedimos la cena. Mientras se hacía, estudiamos la guía de viaje. Descubrimos que el pueblo que habíamos visto al pie de la montaña era Morón, una célebre cueva de ladrones; y el siguiente pueblo en el camino de Ronda era aún peor, el célebre Olvera, famoso por el refrán “Mata al hombre y vete a Olvera”, el refugio más seguro y cómodo para la gente desesperadamente mala que había en España. Sin embargo, en el fondo nos alegramos, pues si teníamos menos seguridad, al menos tendríamos más aventuras. Por tanto, mientras este Arahal prerrevolucionario significaba tranquilidad, Morón y Olvera eran lugares peligrosos donde los viajeros esperaban encontrar alguna aventura.

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Interior de una posada a mediados del siglo XIX.

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A Cayley le sentó mal la cena por su apetito: Como estabamos muy hambrientos, comimos mucha carne de cerdo frita. Al no hacer la digestión antes de ir a la cama, tuve una indigestión y a la mañana siguiente fui incapaz de tomar cualquier cosa en el desayuno. Sin embargo, pensando que tendría hambre avanzado el día, salí y compré un pan pequeño, unas naranjas y un poco de queso holandés, como provisión para el camino.

Y a la hora de pagar la cuenta: Pensamos que el dueño de la posada nos cobraba demasiado, y cuando comenzamos a protestar, llamó a un siniestro personaje de un solo ojo, a quien habríamos elegido como capitán de  una banda de ladrones. Este árbitro imparcial se puso del lado del “señor” posadero y temimos que hubiera terminado a golpes con nosotros. Al final, pagamos.

La marcha de Arahal se complica en la plaza del mercado de abastos, la de la posada: Cuando estábamos saliendo, el capitán de los bandidos nos preguntó si los botones (que adornaban abundantemente nuestras ropas) eran de plata, y esto nos hizo sospechar que seriamos atacados ese mismo dia. La mala suerte nos acompañaba. Me sentía enfermo y nervioso, y cuando montaba mi asno, que coceaba rebeldemente, mis alforjas cayeron de la grupa. Un hombre que vino a ayudarnos, comentó a la gente de alrededor que eran muy pesadas, deduciendo que los ingleses iban cargados con metales preciosos. Esto añadía aún más atractivo a los merodeadores de la zona. Pero nosotros hicimos ostentación de nuestras pistolas, enfundadas en las fajas y tratamos de mirar tan ferozmente como pudimos, esperando parecer peligrosos. En este fragmento de arriba podemos comprobar el espíritu ingenuamente aventurero de los jóvenes ingleses, que tendrían un aspecto curioso, vestidos a la usanza española con sus fajas y alforjas.

Cayley y su acompañante salen de Arahal y buscan el camino de Morón: Descendimos la colina, tan convencidos de encontrar ladrones que vimos sospechoso a un pobre hombre que llevaba un burro cargado de ollas de barro… Empezamos a caminar, pero el camino que habiamos tomado no estaba muy claro y en el cruce de un arroyo, lo perdimos…

Así termina la estancia de Cayley y su acompañante en Arahal. Como en otros viajeros que han pasado por estas páginas nos hubiera gustado una mayor descripción del pueblo:  aquellas ruinas de iglesia vistas al atardecer (la iglesia de la Magdalena estaba nueva, hacía cincuenta años que se había construido); la posada donde se indigestó comiendo filetes de lomo, que sería la misma en que estuvo Washington Irving en 1829, veintitrés años antes; la plaza del mercado donde se le cayeron las alforjas; en fín, los personajes superficialmente descritos.

La imagen del bandolero que esperaba encontrar el viajero romántico en España. Este es el retrato de José María el Tempranillo que hizo John Frederick Lewis.

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Y la del castizo con navaja que dibujara Gustavo Doré, realizado en su viaje por España en 1862. El atuendo sería parecido al de Cayley y su acompañante.

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Notas

1.- George John Cayley (1826-1878). Inglés que estudió en Cambridge, Viajo y vivió en algunos paises extranjeros, entre ellos España. Fue corresponsal en la guerra de Crimea. Escribió articulos para periódicos. Fue autor de algunos escritos en prosa y verso. El más importante, “Las Alforjas” (1853), que se publicó primero como “The Saddlebags o “The Bridle Roads of Spain” en Bentley´s Miscellany. (Oxford Dictionary of National Biography)

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Bibliografía

Viajeros románticos en España

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