Archive for abril, 2014

Un embajador marroquí pasa por Arahal

abril 16, 2014

A finales del siglo XVIII, un embajador marroquí llamado Muhámmad b. Utmán es enviado por el sultán para negociar y completar con el rey español Carlos III  el tratado de paz de 1767. Un nuevo tratado se firmaría en 1780, que se conoce como Convenio de Aranjuez.

El embajador, hombre culto y curioso, en su recorrido desde Marruecos a la corte deseó visitar distintas localidades y regiones, dejando escritas las etapas de su viaje.  Éste fue largo, pues desde que desembarcó en diciembre de 1779 en Cádiz, hasta que volvió a embarcar para Ceuta en agosto de 1780, habían transcurrido ocho meses.

Muhámmad b. Utmán también pasó por Arahal. Lo hizo el 23 de julio, procedente de La Puebla de Cazalla y camino de Utrera y Las Cabezas. Dormiría en Arahal, como la noche anterior había dormido en Osuna. De su paso por Arahal no hay ninguna referencia y tenemos que limitarnos a comprobar las etapas de su recorrido y la duración de los trayectos por Andalucía con sus fechas exactas. Encontramos el paso por Arahal en un párrafo de V. Rodríguez, que ha estudiado el viaje del marroquí:

“El 20 de julio continuó su viaje el embajador, pasando por la Venta de Casín y pernoctando en Loja; el 21 siguió por el Ventorrillo de Archidona hasta La Alameda; el 22 pasó por Pedrera y se quedó a pasar la noche en Osuna; el 23 continuó hasta La Puebla de Cazalla y llegó a El Arahal; el 24 pasó por Los Molares, a una hora de distancia de Utrera, por la Venta de Alcantarilla y por Las Cabezas de San Juan, llegando a Lebrija; el 25 se fue hasta Jerez, donde se quedó aquel día y el siguiente. El 27 llegó a Medina Sidonia y el 28 a Tarifa (54). El 1 de agosto embarca el embajador marroquí en Tarifa (55) y llega a Ceuta el día 2 a las once de la mañana…”

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Este mapa de Andalucía, editado en 1794 nos muestra la visión geográfica de le época para un viajero que tuviera que atravesar el sur de España por caminos difíciles y peligrosos. (Mapa del cartógrafo Italiano G. M. Cassini realizado en Roma en 1794. Grabado en plancha de cobre con bordes y perfiles coloreados a mano.)

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De la embajada de Muhámmad b. Utmán se conocen pocas referencias, aunque existe esta pintura de P. P. Montaña en la que se ve a Carlos III y sus ministros recibiendo al marroquí.

Mohammed ben Abdallah

La imagen de arriba da una idea de la comitiva del embajador marroquí (es la del sultán Sidi Mohammed ben Abdellah a finales del siglo XVIII). Hubo en esta época muchas iniciativas diplomáticas de la monarquía española en el ámbito mediterráneo: Tratado de Amistad y Comercio con Marruecos en 1767, que se vio ligeramente enturbiado por la expedición española enviada contra Argel (1775), y tratados diplomáticos similares con Turquía, Trípoli, Argel y Túnez en los años ochenta que permitieron la tranquilidad en este espacio marítimo.

 

Bibliografía

-El embajador marroquí escribió una relación de su viaje por España, titulada “al-lksir fi fikak al-asir”, que fue editada posteriormente en Rabat en 1965.

El paso de un embajador marroquí por tierras de Murcia en 1780 por Mariano Arribas Palau.

– De esta embajada se ocupa Vicente Rodríguez Casado en su Política marroquí de Carlos III, Madrid, 1946, pp. 285-306.

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Otro bando del alcalde Zayas

abril 7, 2014

Al año de celebrarse en Arahal la tumultuosa Misión de la que trató una entrada anterior ,  anunciada en un bando municipal de 1879 por D. Francisco de Zayas Andrade, aparece otro bando firmado por el mismo alcalde que es reproducido integro en El Siglo Futuro del 18 de agosto de 1880. Este periódico, con sus noticias de tema religioso, nos acerca de nuevo a la pequeña historia cotidiana del Arahal decimonónico..

Aquí abajo se reproduce íntegro el bando.

 

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segundo bando 1

D. FRANCISCO DE ZAYAS ANDRADE, ALCALDE PRESIDENTE DEL AYUNTAMIENTO DE ARAHAL

A todos mis convecinos

Ha llamado la atención de mi autoridad, con honda pena, que cuando todos los pueblos procuran conquistarse un lugar preferente entre los demás, por haber alcanzado mayor grado de perceptibilidad en su civilización, mis administrados vengan dando tan tristísima idea de su cultura por el lenguaje que usan.

El anciano, el niño, la doncella, la madre de familia; todos, en fin, sin distinción de clase, sexo ni edad, hacen alarde y tienen por gala proferir las más torpes obscenidades y las más horribles blasfemias contra el santo nombre de Dios y el de su Purísima Madre, envolviéndolos en dicterios tan asquerosos, que no parece sino que la perversión del corazón les sale por la boca, y que habiendo llegado al último punto de su degradación, han abdicado los derechos que les correspondan como seres racionales e inteligentes, y sólo aspiran por el grosero materialismo de sus actos a confundirse con los irracionales.

Si entre los pueblos gentiles se penaba con la muerte la blasfemia, si en la Edad Media se atravesaba la lengua del que las profería con un hierro candente, nosotros, que tanto decantamos los adelantos de la moderna civilización, no debemos, no podemos dejar impunes esas faltas tan notables de 

segundo bando 2

cultura, esas ofensas tan directas a la Religión y la moral pública, que tanto repugnan a las buena costumbres y que hacen ruborizar a las personas timoratas, y aún a las más despreocupadas, si gozan de una mediana educación.

El Código Penal, en sus libros 2º y 3º, nuestras Ordenanzas Municipales en ese capítulo 2º, recientes disposiciones, y la circular del Excmo. Señor Gobernador Civil de esta provincia, prescriben los medios de reprimir esos actos tan escandalosos, y faltaría mi autoridad a los deberes que le impone la alta misión que le está confiada, si en la presente ocasión no usara de dichos medios para extirpar de raíz ese mal contagioso que tanto se va generalizando. En su virtud hago saber:

1º.  Los que blasfemen del Santo Nombre de Dios y de su Purísima Madre, escarneciendo públicamente el el dogma que profesan todos mis administrados, con raras y lamentables excepciones, serán entregados a los tribunales para ser juzgados con arreglo al caso 2º, art. 240 del Código Penal vigente.

2º.  Los que de cualquier otro modo ofendieron los sentimientos religiosos del público, serán asi mismo entregados a los tribunales para ser tratados con arreglo al caso 1º del art. 586 del mencionado Código.

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segundo bando 3

3º.  Igualmente serán tratados con arreglo al caso 2º de dicho artículo los que con la exhibición de estampas o grabados, o con otra clase de actos ofendieron la moral y las buenas costumbres.

4º.  Los que profirieron palabras deshonestas y obscenas públicamente, pagarán la multa de cinco a veinticinco pesetas, según la gravedad del caso.

5º.  Los individuos del benemérito cuerpo de la Guardia Civil y demás dependientes de mi autoridad, quedan encargados del exacto cumplimiento del presente, bajo su más estrecha responsabilidad.

No es la primera vez que me dirijo a mis convecinos con este motivo, y si al presente no han dado fruto mis amonestaciones, en lo sucesivo espero me evitarán el disgusto de aplicar las anteriores prescripciones, pues estoy resuelto a ser inflexible con sus infractores. — El alcalde, Francisco de Zayas. –P.S.M., el Secretario, Francisco García Arrafán.

Arahal, 15 de Agosto de 1880

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Otra vez la preocupación municipal por la moral de los arahalenses, las buenas maneras, algo que quizás preocupara a otros regidores y ediles del país en esa época.  Los actos blasfemos en el pueblo tienen una larga historia.

La blasfemia en España fue considerada un delito público contra Dios castigado desde la Edad Media hasta finales del siglo XX con diversas penas, y del que se ocupaban tanto los tribunales seculares como la Inquisición —hasta su abolición en 1820—.

El Código penal aprobado en 1822, durante el Trienio Liberal, estableció en el artículo 234 una pena de 15 días a tres meses de prisión a los que blasfemaran públicamente y de 8 a 40 días si la habían proferido privadamente. Si el blasfemo era clérigo o funcionario las penas se doblaban. En los artículos 235 y 236 se castigaba la blasfemia de hecho —el desprecio, ultraje o escarnio de objetos sagrados— con penas de 15 días a cuatro meses de prisión, y el doble si se trataba de eclesiásticos o de funcionarios públicos.

El Código penal reformado de 1850, aprobado durante la década moderada, consideró la blasfemia, tanto verbal como de hecho, como una falta, no como un delito, por lo que las penas se redujeron considerablemente. Sin embargo, al parecer esta legislación no era aplicada por los jueces. En la Enciclopedia Española de Derecho y Administración dirigida por el jurista y político del Partido Moderado Lorenzo Arrazola y publicada en 1853, se constataba y se criticaba este hecho precisamente en un momento en que, a su juicio, la blasfemia estaba más extendida que nunca y revestía las formas más “execrables”.

A partir de 1988 la blasfemia dejó de ser delito en España. (Wikipedia)

 

segundo bando cabecera

El Siglo Futuro del 18 de agosto de 1880.

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