Vida nocturna

mayo 9, 2014

En un estudio sobre la vida nocturna en la sociedad española de mediados del siglo XIX (1) aparece Arahal como uno de los ejemplos de “noche popular” de la época. Su conocida posada, donde pernoctaron tantos viajeros, es elegida por el autor del estudio, Mario Martínez Gómis, a través de un relato que proporcionó Blanco White en sus Cartas de España.

Para imaginar vida nocturna en Arahal en 1800 es inevitable pensar en la posada, situada en el centro del pueblo y lugar de animación que proporcionaban los viandantes llegados de fuera, arrieros, cocheros, guardias, etc.. A estos había que sumar los que acudían de dentro, los arahalenses que querían o irlas novedades del exterior o simplemente vivir la noche y no dormir tan pronto. Este conjunto de personajes en ese lugar de encuentro queda difuso en nuestros datos, sólo aclarados por algunas pinceladas proporcionadas por los viajeros provistos de diario. Allí se sucederían conversaciones, tertulias, juegos de cartas, cantes y bailes, incluidas las representaciones de cómicos de la lengua que acudían en su vagabundeo.

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El viajero Blanco White nació en Sevilla en 1775 y se trasladó a Inglaterra en 1810 para no volver. Pero no dejó de interesarse por España y en 1820 escribió las famosas Letters from Spain o Cartas desde España por encargo de Thomas Campbell, director de The New Monthly Magazine. En ellas, al lado de páginas costumbristas como las descripciones de la Semana Santa, de las corridas de toros y de los espectáculos teatrales, critica acerbamente la intolerancia y atraso de España. Cuestionando en profundidad el catolicismo, se convirtió en uno de los pioneros del anticlericalismo contemporáneo español, al dar un paso adelante respecto de los ilustrados españoles que se habían limitado a la crítica al clero, abriendo así un nuevo camino hacia la secularización al valorar la conciencia personal y al afirmar el individualismo tan característico del liberalismo del siglo XIX.

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Blanco White hace tres referencia a Arahal, que aparecen en la Carta segunda y en la Carta quinta.

En la Carta quinta, fechada en Sevilla en 1801, el joven Blanco (26 años) describe el viaje que hace con un amigo hacia Olvera en busca de pruebas de “pureza de sangre”. A su paso por Arahal, hacen noche en su posada. El escritor reflexiona sobre la larga estancia nocturna  que prometía ser aburrida, pero que terminó con la asistencia a una obra de cómicos representada en la misma posada.

En el extremo del salón, donde hay un gran hogar levantado a un pie de altura del suelo, donde arde continuamente un fuego de leña, los viajeros de cualquier rango o clase que no quieren aburrirse en sus cuartos fríos y sin cristales se dan por contentos con ocupar un sitio en el corro que allí se forma, para disfrutar gratuitamente de las ocurrencias y el humor de arrieros, cocheros y palurdos.

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La Carta quinta completa es como sigue:

“Mi compañero de viaje aprovechó la oportunidad para visitar a sus amigos de Osuna, rica ciudad que cuenta con una nobleza numerosa, colegiata y universidad. Al final de nuestra primera jornada paramos en un pueblo grande llamado El Arahal. Aunque la posada distaba mucho de ser confortable en el sentido inglés de la palabra, no era una de las peores que estábamos sentenciados a padecer en nuestra expedición, porque los viajeros no tenían que morirse de hambre en ella si no habían traído sus propias provisiones. Nos dieron una habitación con unas cuantas sillas cojas, una mesa de pino y dos colchones de borra colocados sobre unas tablas que se alzaban del suelo de ladrillos por medio de unos banquillos de hierro. Un plato de huevos con jamón nos ofreció una agradable y sustanciosa cena y una botella de vino barato, pero no malo, nos hizo olvidar el lento trote de una jornada.

Ya habíamos empezado a sentir el peculiar aburrimiento que se oculta en todos los rincones de las posadas, cuando el sonido de un pífano y un tambor, con aire alegre más que marcial, despertó nuestra curiosidad. Pero para hacer una pregunta aún en la mejor fonda española hay que romperse los pulmones llamando sucesivamente al criado, a la camarera y al dueño, para multiplicar así la posibilidad de encontrar a uno de ellos dispuestos a oírnos, o bien adoptar el método más silencioso de buscarlos por toda la casa , empezando por la cocina. En esta ocasión sólo teníamos que salir de nuestro cuarto para encontrarnos en los dominios del cocinero. Las mejores posadas el país consisten en un gran salón que da a la calle o al camino y que, como la primera, está empedrado con guijarros redondos. En un extremo del salón hay un gran hogar, levantado a un pie de altura del suelo, donde arde continuamente un fuego de leña. Los viajeros de cualquier rango o clase que no quieren aburrirse en sus cuartos fríos y sin cristales se dan por contentos con ocupar un sitio en el corro que allí se forma, para disfrutar gratuitamente de las ocurrencias y el humor de arrieros, cocheros y palurdos, y de la proximidad de la patrona o su criada, que preparaban sucesivamente en la misma sartén ya una tortilla de huevos con cebollas, ya un plato de bacalao con aceite y tomates o quizá los muslos de un duro volátil que pocos momentos antes vimos contoneándose por la casa. Tanto las puertas de los dormitorios como la del patio donde están las cuadras dan a este salón. Dejando espacio suficiente para que los carros y bestias puedan pasar desde la puerta de la calle a las cuadras, los arrieros españoles, que viajan en partidas de veinte a treinta hombres con doble número de bestias, se tiende de noche junto a la pared sin más colchón que una gran albarda y sin otra cobertura que una tela basta llamada manta, que usan para abrigar a las caballerías durante el invierno.

A esta verdadera sala comunal nos llevó el sonido del tambor y pronto supimos por unos desocupados que vagabundeaban por allí que una compañía de cómicos de legua iba en breve a empezar su representación. Esta fue una agradable noticia para nosotros, que no queríamos acostarnos temprano, persuadidos de no poder dormir, y temíamos la noche que se acercaba. Nos dijeron que la representación iba a tener lugar en un corral donde había una vaqueriza abierta por su parte delantera, que permitía un buen acomodo para el escenario y el tocador de los actores. Pagamos cada uno algo más de un penique y tomamos asiento bajo un cielo espléndidamente estrellado, bien embozado en nuestras capas y sin hacer caso del peligro que corríamos en un teatro tan ventilado. La orquesta estaba formada por un estridente violín, un violonchelo gruñón y una trompa ensordecedora. El telón estaba hecho con cuatro colchas cosidas y los decorados eran unas cortinas rojas pendientes de unos listones y que, como estaban sueltas, las movía el aire, dejando al descubierto los secretos del tocador donde los actores, sin personal bastante para todos los papeles, tenían que multiplicarse con la ayuda del sastre”. (José María Blanco White (1775-1841): “Cartas de España”. Alianza Editorial, 1972).

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Para imaginar la escena y el aspecto de los personajes tenemos que recurrir a las ilustraciones que dejaron los viajeros románticos. La de arriba corresponde a un dibujo de John F. Lewis, un inglés que viajó por España entre 1832 y 1833. Por entonces España estaba de moda y existía un gran interés entre el público anglosajón por los asuntos españoles, poco conocidos o considerados como exóticos. Lewis representa a dos contrabandistas de Gaucín (“Gaucín Smugglers”).

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Esta otra imagen pertenece a The Andalusian Annual for 1837 (Londres, 1836) de M. B. Honan, en el que se incluye una docena de litografías iluminadas que realizó M. Gauci sobre dibujos de José Bécquer. En ellas podemos ver la representación de tipos característicos de la época: el campesino, el contrabandista, el bandido…

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Es una suerte contar con el testimonio de viajeros cono Blanco White que nos dan a conocer un Arahal perdido en las tinieblas de los tiempos, aunque sea de esa forma lejana y difusa a la que estamos acostumbrados y de la que desearíamos más. La noche de Arahal en el estudio sobre los noctámbulos del siglo XVIII de Martínez Gómis, nos revela la intimidad del pueblo con su lugar de “diversión” en la posada, centro de gravedad al que  sus habitantes confluirían en aquella época. Por eso hay que agradecer a esos “curiosos impertinentes” (así los llamó Ian Robertson (2)) que viajaron por España desde el reinado de Carlos III hasta 1855, escribiendo y dejando testimonio de lo visto para el conocimiento de nuestra historia.

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Notas

1.- El estudio La noche y los noctámbulos en el siglo XVIII español de Mario Martínez Gomis se encuentra en el libro´Fiesta, juego y ocio en la historia´, editado por Ángel Vaca Lorenzo. Universidad de Salamanca, 2003

2.- Los curiosos impertinentes : viajeros ingleses por España : 1760-1855 de Ian Robertson. Editora Nacional, Madrid, 1976.
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