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Una visita a Arahal en ´dogcar´

octubre 20, 2019

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En una serie de viajes andaluces publicados por El Liberal a finales del siglo XIX, hay uno dedicado a Arahal. El artículo que lo incluye lleva por título OTRA VEZ EN MARCHENA: DE MONTE PALACIO A FUENTES DE ANDALUCIA. FUENTES, ARAHAL Y PARADAS. Su autor es el malagueño M. Martínez Barrionuevo (1). El artículo se publicó el 18 de julio de 1895. (2)

El autor y un amigo hacen el viaje a Arahal en un dogcar, un carruaje ligero y pequeño de origen inglés, con ruedas altas, cuyo nombre proviene de su utilización para transportar perros de caza. Esta llegada a Arahal en coche de caballos era posible para quien pudiera pagarla, evitando el tren con sus horarios y tardanzas.

Martínez Barrionuevo comienza dando una descripción de Arahal amable y superficial. Cita a varias familias del pueblo, Benjumea, Arias Reina, Nieto, Piñar, Torres, Soriano, Oliver, Cordero, Calvillo, como necesaria referencia social y sin profundidades. Escribe de las cofradías, de los hospitales, de los casinos, en breve cita, siempre de pasada. Quizá lo más interesante es un toque crítico al problema del agua en el pueblo, cuyo suministro se paliaba con la traída de “pipas” desde la Huerta de las Monjas de Soriano. Pero sin aclarar cuál era el problema.

De Arahal sigue en su dogcar a Paradas, donde duerme. Ocupa el relato la mala noche que pasó picado por los mosquitos de la fonda.

Lo mejor es leer la crónica viajera de Martínez Barrionuevo sin muchas exigencias. Para nosotros cualquier dato, aunque sea pequeño, nos acercará a aquel Arahal finisecular y desconocido.

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OTRA VEZ EN MARCHENA : DE MONTE PALACIO A FUENTES DE ANDALUCIA, FUENTES ARAHAL Y PARADAS.

por M. Martínez Barrionuevo.   Viajes El Liberal 18 de julio 1895

D. Francisco Ruíz Martínez, ilustre prócer y providencia nuestra, mandó enganchar un dogcar y nos plantamos en Arahal, con Pepe Ternero, en un dos por tres. Arahal es una maravilla; no debe nada a la Diputación ni a la Hacienda. Lo que no me gusta es que el camposanto esté tan próximo al pueblo, pero me gusta mucho aquella inscripción de la cancela del camposanto: “Huesos secos, oíd la palabra del Señor; yo haré entrar espíritu en vosotros y viviréis.” Que aplicado, a los alcaldes que han sido, son y serán, debiera añadirse: “Eso no va con vosotros, los que no hayáis mirado por los pueblos; que los que así se señalen, sus huesos, secos permanecerán, sin que el espíritu del Señor los vivifique.”

Arahal, uno de los más lindos pueblos…

En Arahal uno de los más lindos pueblos de la provincia; tiene calles perfectamente pavimentadas, con aceras de asfalto; un Hospital de Caridad, regido por Hermanas Terceras, que solamente las hay en Arahal, y en el Pozo Santo de Sevilla; el hospital se sostiene con el producto de sus posesiones y con cuotas de hermanos, uno de los cuales es Pepe Ternero, que nos acompaña.

Las cofradías

Las cofradías de Arahal son muy notables, sobre todo, las de Jesús Nazareno, Virgen de la Esperanza, Santo Entierro y Cristo de las Misericordias, al que se le atribuyen milagros estupendísimos. En el presbiterio de Santa María Magdalena están las armas de los duques de Osuna, de quienes fue la iglesia, el pueblo y hasta el término; porque no he visto en mi vida ducado alguno al que hayan pertenecido más tierras que a éste, de la casa famosa de los Girones. Hoy, el ducado, lo único que conserva aquí es el derecho de significar los curas que han de nombrarse para regir esta iglesia.

Casinos y familias importantes

Hay tres Casinos: el Liberal, el Conservador y el Universal. Con los Casinos visitamos también las casas de algunas familias de nombre: ;las de Eduardo Benjumea y Sr. Arias Reina, exdiputados provinciales; señora viuda de Ternero, madre de Antonio, Pepe y Rafael, donde se nos obsequió mucho, y las de los Sres. Nieto, Piñar, Torres, Soriano, Oliver, Cordero y Calvillo. También tuvimos el gusto de hacer una visita al general Ternero, hombre muy rico, dilettante, que pasa la existencia enseñando música a varias hermosas discípulas, una de las cuales es Concha Vega, hija del notario, que puede levantar acta para que no me dejen mentir. Pues qué diré de Luisa Ternero, sobrina del general, ni de los cuadros que Luisa Ternero pintó. Algunos he visto y nunca he de arrepentirme, por los acabados unos y primorosos que resultan.

El agua. La Huerta de las Monjas de Soriano

Válgame el cielo. En Arahal hay fuentes sólo que el agua no corre; pero hay agua que es lo que importa; agua que correrá alguna vez, sin que tengan los vecinos que pagar dos céntimos por cántaro. El agua la trae el señor Soriano de su huerta de las Monjas; falta que el Ayuntamiento la facilite a los vecinos.

Al subir en el dogcar para irnos a Paradas, de prisa y corriendo, vi una carreta con barriles llenos de agua, traída de no sé donde; es para el vecindario; de modo que, hasta que el Ayuntamiento no disponga otra cosa, los vecinos la beberán en pipa.

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Notas

1.- M. Martínez Barrionuevo  (Málaga, 1857 – Madrid, 1917) fue un escritor y periodista, hoy olvidado. Su libro más importante fue “Andalucía. Costumbres y recuerdos”, en el que hace un recorrido por pueblos y lugares, algo similar a estos artículos de viajes que escribió para El Liberal. Abajo, dos ediciones de una de sus obras, “Filigrana”, editada por Sopena en 1893.

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El Liberal. Se fundó en 1879 a partir de una escisión de republicanos de El Imparcial. Su línea defendía la democracia y el republicanismo moderado. Combinó la información con la amenidad y llegó a ser muy popular; una de las causas fue la inclusión de los anuncios por palabras. A principios del siglo XX tuvo ediciones en Sevilla, Barcelona, Bilbao y Murcia. Finalizó en 1939, incautado por el franquismo. En 1913 era el de mayor tirada después de La Correspondencia de España.

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Guías del viajero por Europa

noviembre 17, 2015

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Al viajar por Andalucía en el siglo XIX existía mucha posibilidad de pasar por Arahal. El pueblo estaba situado en el trayecto que iba de Sevilla a Granada o Málaga y se convertía en parada obligatoria para el viajero. El viaje en aquella época era difícil. Cualquier recorrido suponía una aventura, por el estado de los caminos y por los transportes anticuados e incómodos. España no era aún un pais para viajeros y había que estar prepado para superar dificultades, incluidas las del alojamiento. (1)

Para compensar estas dificultades comenzaron a editarse guías de viajes, que fueron apareciendo en los países europeos del norte, de donde procedían los viajeros que se aventuraban al sur. En esta entrada podemos consultar dos guías francesas donde se cita a Arahal, una de comienzos de siglo y otra de finales. Hay una diferencia entre ellas de cincuenta años y muchos cambios, incluida la aparición del ferrocarril que alteraría la forma de viajar.

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guia del viajero 1

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En la página 590 de la Guide Classique du Voyager en Europe de 1828 (2), se puede consultar el trayecto de Sevilla a Málaga y en él encontramos a Arahal. La medición del recorrido está calculado en leguas: desde la capital a Alcalá de Guadaira (2 leguas), sigue Gandul (1 legua), y luego Arahal (3 leguas). Desde Sevilla a Arahal la guía cuenta 6 leguas. Si la legua se puede calcular entre 4 y 7 kilómetros (5.572 metros), las 6 leguas equivaldrían a 42 kiómetros.

Tenemos que imaginar el trayecto de Sevilla a Arahal por un camino de tierra, con tramos mejores o peores, que el viajero recorría con paciencia. Lo peor era la gran soledad de la llanura a partir de Gandul, reflejada por muchos en sus diarios, con un camino sin ventas y el temor a los bandidos. Viajar solo era una temeridad y lo normal era buscar compañía, uniéndose a otros viajeros o a un grupo de arrieros. Viajar a pie estaba mal visto y llegar al pueblo sin caballería o sin carruaje provocaba todas las sospechas (3).

Arahal estaba en el camino de Sevilla a Málaga. En esta Guide Classique du Voyager en Europe … es el trayecto nº 13: Sevilla, Alcalá de Guadaira, Gandul, Arahal, Puebla de Cazalla, Osuna, y a partir de aquí un rosario de ventas hasta llegar a Málaga: Venta de Río Blanco, Venta de las Yeguas, Venta de las Salinas, Ventas de las Perayas, Venta del Río, Venta de Cártama, Guadalhorce y Málaga. Nombres sugerentes ya desaparecidos y que nos esforzamos en situar en la geografía de la zona.

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En la segunda guía, la Nouveau Guide du Touriste en Espagne et Portugal, publicada en 1879 (4), no encontramos el simple itinerario con las distancias en leguas de principios de siglo. Como indica su título, la guía nos proporciona un “itinerario artístico”. Es otro momento distinto al de la guía anterior y ya han pasado por España numerosos viajeros románticos. La información es abundante aunque no completa. Leemos datos histórico-artísticos de localidades y pueblos del entorno de Arahal, como Utrera o Marchena. Arahal es citada como simple paso y parada.

Leemos:

“se acaba de abrir a la circulación el tramo de Marchena a Écija, que nos obliga a proporcionar alguna información de este recorrido.

Utrera, situada en un hermoso valle en el trayecto de Cádiz, posee ruinas de un viejo castillo y en su iglesia principal, construida en el siglo XVI, se encuentra la tumba de Don Diego Ponce de León, conde de Arcos; la otra iglesia de Santiago posee una capilla subterránea que tiene la propiedad de momificar los cuerpos que allí se sepultan.

Poco después de la bifurcación que conduce a Morón, se llega a las estaciones de Arahal y Paradas. y después a la de Marchena, que posee una iglesia de cinco naves, con un altar mayor y un coro en madera de cedro…”

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Karl Baedeker: Manuel du voyageur. Espagne et Portugal. Las famosas guías Baedeker se comenzaron a escribir en 1828.

En el itinerario habitual de los viajeros románticos por Andalucía figuraban sus grandes ciudades históricas (Córdoba, Sevilla, Cádiz, Málaga, Granada,…) y, junto a ellas, Ronda. El recorrido de Gibraltar a Ronda, haciendo noche en Gaucín como uno de los más renombrados lugares de estos románticos, arribaban a Ronda a primeras horas de la tarde del día siguiente. El Camino Inglés era de los preferidos y más arriesgados, existía un camino alternativo siguiendo el Valle del Guadiaro y que se realizaba en un día aunque mucho menos sugerente para estos audaces viajeros.

 

Aquí debajo tres ejemplos de experiencias de viajeros románticos: Th. Gautier, Merimée y Richard Ford.

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Théophile Gautier: “Voyage en Espagne” (1843)

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Merimée: “Lettres d´Espagne” (1832)

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Richard Ford: “Gathering from Spain” (Cosas de España) (1846)

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Notas

1.- Para las caballerías se utilizaban los “caminos de herradura”, que eran los que comunicaban toda la península, mientras que los carruajes utilizaban los “caminos de rueda”, que eran los principales y llevaban a la capital. Éstos se convertirían en el sistema radial, con una estructura ferroviaria y de carreteras posterior. Los “caminos de herrradura” eran más estrechos y peores que los de rueda. Por último, de ellos salían sendas y carriles que comunicaban con poblaciones rurales, con un tránsito aún más difícil y lento. (Viajar a España en la primera mitad del siglo XIX: Una aventura lejos de la civilización. Jesusa Vega. Universidad Autónoma de Madrid).

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Ver las diferencias de “camino de herradura” y “camino de ruedas” en estas páginas: Arahal en un itinerario de caminos del s. XVIII

2.- Richard, Ingénieur. Guide Classique du Voyager en Europe. Paris, 1828.

3.- La recua de arrieros, carreteros o caleseros -conocidos como los “ordinarios” porque seguían una ruta más o menos repetida y paraban en establecimientos fijos-… (Jesusa Vega, op. cit.) “ningún español anda por gusto y nadie emprende una jornada a pie, sino los mendigos y vagabundos…” (Richard Ford)

4.- A. Roswag. Nouveau Guide du Touriste en Espagne et Portugal. Itinerarie Artistique. Madrid. J. Laurent et Cia. 1879.

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Siguiendo el rastro de Cervantes

agosto 26, 2014

Cervantes en Arahal es una entrada aparecida en estas páginas (abril 2009), que explicaba cómo el autor del Quijote pasó por el pueblo ejerciendo el cargo de comisario real a la edad de 45 años: “Traía misiones tan poco agradables como la de recaudar impuestos o embargar aceite como comisario de provisiones de la Armada Real. Según documentos de la época, el 8 de julio de 1592 se ordenó a Cervantes embargar, sacar y almacenar trigo en algunos lugares, 12 leguas a la redonda de Sevilla, para provisión de las galeras de España. En otoño del mismo año Cervantes participó con Andrés de Cerio en el embargo de 5.000 arrobas de aceite en Arahal, Ecija, Marchena y Utrera para la provisión de las galeras de España, por comisión del proveedor Isunza”.

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Ahora han aparecido nuevos documentos de la presencia de Miguel de Cervantes por lugares cercanos a Arahal, certificando el recorrido cervantino y su tarea recaudadora.

Son cuatro documentos relacionados, que hasta ahora no habían sido estudiados, uno de ellos con un autógrafo del propio Cervantes. Han sido hallados en archivos de Sevilla y de La Puebla de Cazalla por el investigador José Cabello Núñez.

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“Miguel de Cervantes, comisario” aparece en el margen izquierdo de uno de los documentos.

José Cabello, archivero de La Puebla de Cazalla, ha explicado que encontró el primero de estos manuscritos en el archivo municipal de esta localidad sevillana, y que se trata de un convenio entre el Ayuntamiento y el propio Miguel de Cervantes para que este pudiera efectuar la requisa de trigo y cebada como comisario de la Hacienda Real. Ese primer documento es de marzo de 1593, fecha en que, sin embargo, los biógrafos de Cervantes lo ubican en la ciudad de Sevilla sin ejercer ninguna actividad. El manuscrito menciona igualmente que Cervantes trabaja para el proveedor de la Flota de Indias, Cristóbal de Barros, nombre que, según Cabello, tampoco figura en las biografías del escritor.

Al mencionar el manuscrito la Flota de Indias, Cabello recurrió al Archivo de Indias de Sevilla, donde halló otros dos documentos que tampoco habían sido estudiados, uno que sitúa a Cervantes en la Puebla de Cazalla entre febrero y abril de 1593 como comisario de abastos y otro que deja constancia de que el salario de Cervantes era entregado a una mujer llamada Magdalena Enríquez. Por último, Cabello ha encontrado en el Archivo de Protocolos de Sevilla el poder notarial por el que Cervantes, en efecto, facultaba a Magdalena Enríquez para cobrar sus honorarios como comisario de Abastos, que es el documento que lleva la firma del escritor.

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Vista parcial del documento cervantino hallado recientemente.

Para el investigador, este último es el hallazgo de más valor desde el punto de vista biográfico, ya que ha asegurado que los biógrafos de Cervantes no citan a Magdalena Enríquez, quien debió de tener una relación de confianza con el escritor, hasta el punto de que la autorizara para cobrar su salario. Según Cabello, en aquella época las mujeres no estaban autorizadas para realizar transacciones sin el consentimiento de un hombre, a no ser que fuesen viudas, por lo que ha considerado a Magdalena Enríquez una figura digna de estudio para aclarar su relación con Cervantes.

Otra línea de investigación que deben abrir estos hallazgos, según Cabello, es sobre los servicios prestados por Cervantes a la Corona, ya que hasta ahora no había constancia de su trabajo a las órdenes de Cristóbal de Barros. El investigador ha explicado que Cristóbal de Barros y Peralta, entonces proveedor general en la Casa de Contratación de Sevilla para los galeones de la Armada y Flotas de la Carrera de las Indias, es considerado como el mejor constructor de navíos de guerra del reinado de Felipe II y artífice de la organización técnica de la escuadra española vencedora en Lepanto y de la Armada Invencible.

José Cabello tiene previsto publicar un artículo explicando estos hallazgos en un volumen que, con el título de ‘Trigo y aceite para la Armada, el comisario Miguel de Cervantes en el Reino de Sevilla’, reunirá aportaciones de archiveros e investigadores de la provincia sobre la labor como comisario de abastos de Cervantes en La Puebla de Cazalla, Marchena, Osuna, Écija, Sevilla y Carmona, donde se conserva otro autógrafo de Cervantes hallado hace un siglo.

Cervantes llegó a Sevilla cuando la ciudad era capital económica de un imperio y una de las ciudades más importantes y pobladas de Europa, además de puerto de Indias, si bien sus gentes vivían en penosas condiciones, como el escritor describe en algunas de sus novelas, y fue también en la cárcel de Sevilla donde cumplió condena por irregularidades en sus tareas recaudatorias.

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Pocos años después, en 1597, Cervantes fue acusado de irregularidades en las cuentas y pasó unos meses en la Cárcel Real de Sevilla, que estaba entre la calle Sierpes y la Plaza de San Francisco. Es en este momento cuando, según algunas teorías, comenzó a escribir el Quijote, puesto que en su prólogo dice que el libro se “engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación”. Dos meses más tarde, sería liberado para que pueda viajar a Madrid y regresar para saldar su deuda económica. (Arriba, imagen de la Cárcel Real)

Respecto a la relación con Arahal, nos preguntamos si habría algun documento cervantino en el archivo desaparecido a mediados del siglo XIX. Aunque su presencia recaudatoria está probada en otros documentos.

 

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Vida nocturna

mayo 9, 2014

En un estudio sobre la vida nocturna en la sociedad española de mediados del siglo XIX (1) aparece Arahal como uno de los ejemplos de “noche popular” de la época. Su conocida posada, donde pernoctaron tantos viajeros, es elegida por el autor del estudio, Mario Martínez Gómis, a través de un relato que proporcionó Blanco White en sus Cartas de España.

Para imaginar vida nocturna en Arahal en 1800 es inevitable pensar en la posada, situada en el centro del pueblo y lugar de animación que proporcionaban los viandantes llegados de fuera, arrieros, cocheros, guardias, etc.. A estos había que sumar los que acudían de dentro, los arahalenses que querían o irlas novedades del exterior o simplemente vivir la noche y no dormir tan pronto. Este conjunto de personajes en ese lugar de encuentro queda difuso en nuestros datos, sólo aclarados por algunas pinceladas proporcionadas por los viajeros provistos de diario. Allí se sucederían conversaciones, tertulias, juegos de cartas, cantes y bailes, incluidas las representaciones de cómicos de la lengua que acudían en su vagabundeo.

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El viajero Blanco White nació en Sevilla en 1775 y se trasladó a Inglaterra en 1810 para no volver. Pero no dejó de interesarse por España y en 1820 escribió las famosas Letters from Spain o Cartas desde España por encargo de Thomas Campbell, director de The New Monthly Magazine. En ellas, al lado de páginas costumbristas como las descripciones de la Semana Santa, de las corridas de toros y de los espectáculos teatrales, critica acerbamente la intolerancia y atraso de España. Cuestionando en profundidad el catolicismo, se convirtió en uno de los pioneros del anticlericalismo contemporáneo español, al dar un paso adelante respecto de los ilustrados españoles que se habían limitado a la crítica al clero, abriendo así un nuevo camino hacia la secularización al valorar la conciencia personal y al afirmar el individualismo tan característico del liberalismo del siglo XIX.

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Blanco White hace tres referencia a Arahal, que aparecen en la Carta segunda y en la Carta quinta.

En la Carta quinta, fechada en Sevilla en 1801, el joven Blanco (26 años) describe el viaje que hace con un amigo hacia Olvera en busca de pruebas de “pureza de sangre”. A su paso por Arahal, hacen noche en su posada. El escritor reflexiona sobre la larga estancia nocturna  que prometía ser aburrida, pero que terminó con la asistencia a una obra de cómicos representada en la misma posada.

En el extremo del salón, donde hay un gran hogar levantado a un pie de altura del suelo, donde arde continuamente un fuego de leña, los viajeros de cualquier rango o clase que no quieren aburrirse en sus cuartos fríos y sin cristales se dan por contentos con ocupar un sitio en el corro que allí se forma, para disfrutar gratuitamente de las ocurrencias y el humor de arrieros, cocheros y palurdos.

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La Carta quinta completa es como sigue:

“Mi compañero de viaje aprovechó la oportunidad para visitar a sus amigos de Osuna, rica ciudad que cuenta con una nobleza numerosa, colegiata y universidad. Al final de nuestra primera jornada paramos en un pueblo grande llamado El Arahal. Aunque la posada distaba mucho de ser confortable en el sentido inglés de la palabra, no era una de las peores que estábamos sentenciados a padecer en nuestra expedición, porque los viajeros no tenían que morirse de hambre en ella si no habían traído sus propias provisiones. Nos dieron una habitación con unas cuantas sillas cojas, una mesa de pino y dos colchones de borra colocados sobre unas tablas que se alzaban del suelo de ladrillos por medio de unos banquillos de hierro. Un plato de huevos con jamón nos ofreció una agradable y sustanciosa cena y una botella de vino barato, pero no malo, nos hizo olvidar el lento trote de una jornada.

Ya habíamos empezado a sentir el peculiar aburrimiento que se oculta en todos los rincones de las posadas, cuando el sonido de un pífano y un tambor, con aire alegre más que marcial, despertó nuestra curiosidad. Pero para hacer una pregunta aún en la mejor fonda española hay que romperse los pulmones llamando sucesivamente al criado, a la camarera y al dueño, para multiplicar así la posibilidad de encontrar a uno de ellos dispuestos a oírnos, o bien adoptar el método más silencioso de buscarlos por toda la casa , empezando por la cocina. En esta ocasión sólo teníamos que salir de nuestro cuarto para encontrarnos en los dominios del cocinero. Las mejores posadas el país consisten en un gran salón que da a la calle o al camino y que, como la primera, está empedrado con guijarros redondos. En un extremo del salón hay un gran hogar, levantado a un pie de altura del suelo, donde arde continuamente un fuego de leña. Los viajeros de cualquier rango o clase que no quieren aburrirse en sus cuartos fríos y sin cristales se dan por contentos con ocupar un sitio en el corro que allí se forma, para disfrutar gratuitamente de las ocurrencias y el humor de arrieros, cocheros y palurdos, y de la proximidad de la patrona o su criada, que preparaban sucesivamente en la misma sartén ya una tortilla de huevos con cebollas, ya un plato de bacalao con aceite y tomates o quizá los muslos de un duro volátil que pocos momentos antes vimos contoneándose por la casa. Tanto las puertas de los dormitorios como la del patio donde están las cuadras dan a este salón. Dejando espacio suficiente para que los carros y bestias puedan pasar desde la puerta de la calle a las cuadras, los arrieros españoles, que viajan en partidas de veinte a treinta hombres con doble número de bestias, se tiende de noche junto a la pared sin más colchón que una gran albarda y sin otra cobertura que una tela basta llamada manta, que usan para abrigar a las caballerías durante el invierno.

A esta verdadera sala comunal nos llevó el sonido del tambor y pronto supimos por unos desocupados que vagabundeaban por allí que una compañía de cómicos de legua iba en breve a empezar su representación. Esta fue una agradable noticia para nosotros, que no queríamos acostarnos temprano, persuadidos de no poder dormir, y temíamos la noche que se acercaba. Nos dijeron que la representación iba a tener lugar en un corral donde había una vaqueriza abierta por su parte delantera, que permitía un buen acomodo para el escenario y el tocador de los actores. Pagamos cada uno algo más de un penique y tomamos asiento bajo un cielo espléndidamente estrellado, bien embozado en nuestras capas y sin hacer caso del peligro que corríamos en un teatro tan ventilado. La orquesta estaba formada por un estridente violín, un violonchelo gruñón y una trompa ensordecedora. El telón estaba hecho con cuatro colchas cosidas y los decorados eran unas cortinas rojas pendientes de unos listones y que, como estaban sueltas, las movía el aire, dejando al descubierto los secretos del tocador donde los actores, sin personal bastante para todos los papeles, tenían que multiplicarse con la ayuda del sastre”. (José María Blanco White (1775-1841): “Cartas de España”. Alianza Editorial, 1972).

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Para imaginar la escena y el aspecto de los personajes tenemos que recurrir a las ilustraciones que dejaron los viajeros románticos. La de arriba corresponde a un dibujo de John F. Lewis, un inglés que viajó por España entre 1832 y 1833. Por entonces España estaba de moda y existía un gran interés entre el público anglosajón por los asuntos españoles, poco conocidos o considerados como exóticos. Lewis representa a dos contrabandistas de Gaucín (“Gaucín Smugglers”).

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Esta otra imagen pertenece a The Andalusian Annual for 1837 (Londres, 1836) de M. B. Honan, en el que se incluye una docena de litografías iluminadas que realizó M. Gauci sobre dibujos de José Bécquer. En ellas podemos ver la representación de tipos característicos de la época: el campesino, el contrabandista, el bandido…

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Es una suerte contar con el testimonio de viajeros cono Blanco White que nos dan a conocer un Arahal perdido en las tinieblas de los tiempos, aunque sea de esa forma lejana y difusa a la que estamos acostumbrados y de la que desearíamos más. La noche de Arahal en el estudio sobre los noctámbulos del siglo XVIII de Martínez Gómis, nos revela la intimidad del pueblo con su lugar de “diversión” en la posada, centro de gravedad al que  sus habitantes confluirían en aquella época. Por eso hay que agradecer a esos “curiosos impertinentes” (así los llamó Ian Robertson (2)) que viajaron por España desde el reinado de Carlos III hasta 1855, escribiendo y dejando testimonio de lo visto para el conocimiento de nuestra historia.

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Notas

1.- El estudio La noche y los noctámbulos en el siglo XVIII español de Mario Martínez Gomis se encuentra en el libro´Fiesta, juego y ocio en la historia´, editado por Ángel Vaca Lorenzo. Universidad de Salamanca, 2003

2.- Los curiosos impertinentes : viajeros ingleses por España : 1760-1855 de Ian Robertson. Editora Nacional, Madrid, 1976.
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Un embajador marroquí pasa por Arahal

abril 16, 2014

A finales del siglo XVIII, un embajador marroquí llamado Muhámmad b. Utmán es enviado por el sultán para negociar y completar con el rey español Carlos III  el tratado de paz de 1767. Un nuevo tratado se firmaría en 1780, que se conoce como Convenio de Aranjuez.

El embajador, hombre culto y curioso, en su recorrido desde Marruecos a la corte deseó visitar distintas localidades y regiones, dejando escritas las etapas de su viaje.  Éste fue largo, pues desde que desembarcó en diciembre de 1779 en Cádiz, hasta que volvió a embarcar para Ceuta en agosto de 1780, habían transcurrido ocho meses.

Muhámmad b. Utmán también pasó por Arahal. Lo hizo el 23 de julio, procedente de La Puebla de Cazalla y camino de Utrera y Las Cabezas. Dormiría en Arahal, como la noche anterior había dormido en Osuna. De su paso por Arahal no hay ninguna referencia y tenemos que limitarnos a comprobar las etapas de su recorrido y la duración de los trayectos por Andalucía con sus fechas exactas. Encontramos el paso por Arahal en un párrafo de V. Rodríguez, que ha estudiado el viaje del marroquí:

“El 20 de julio continuó su viaje el embajador, pasando por la Venta de Casín y pernoctando en Loja; el 21 siguió por el Ventorrillo de Archidona hasta La Alameda; el 22 pasó por Pedrera y se quedó a pasar la noche en Osuna; el 23 continuó hasta La Puebla de Cazalla y llegó a El Arahal; el 24 pasó por Los Molares, a una hora de distancia de Utrera, por la Venta de Alcantarilla y por Las Cabezas de San Juan, llegando a Lebrija; el 25 se fue hasta Jerez, donde se quedó aquel día y el siguiente. El 27 llegó a Medina Sidonia y el 28 a Tarifa (54). El 1 de agosto embarca el embajador marroquí en Tarifa (55) y llega a Ceuta el día 2 a las once de la mañana…”

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Este mapa de Andalucía, editado en 1794 nos muestra la visión geográfica de le época para un viajero que tuviera que atravesar el sur de España por caminos difíciles y peligrosos. (Mapa del cartógrafo Italiano G. M. Cassini realizado en Roma en 1794. Grabado en plancha de cobre con bordes y perfiles coloreados a mano.)

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De la embajada de Muhámmad b. Utmán se conocen pocas referencias, aunque existe esta pintura de P. P. Montaña en la que se ve a Carlos III y sus ministros recibiendo al marroquí.

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La imagen de arriba da una idea de la comitiva del embajador marroquí (es la del sultán Sidi Mohammed ben Abdellah a finales del siglo XVIII). Hubo en esta época muchas iniciativas diplomáticas de la monarquía española en el ámbito mediterráneo: Tratado de Amistad y Comercio con Marruecos en 1767, que se vio ligeramente enturbiado por la expedición española enviada contra Argel (1775), y tratados diplomáticos similares con Turquía, Trípoli, Argel y Túnez en los años ochenta que permitieron la tranquilidad en este espacio marítimo.

 

Bibliografía

-El embajador marroquí escribió una relación de su viaje por España, titulada “al-lksir fi fikak al-asir”, que fue editada posteriormente en Rabat en 1965.

El paso de un embajador marroquí por tierras de Murcia en 1780 por Mariano Arribas Palau.

– De esta embajada se ocupa Vicente Rodríguez Casado en su Política marroquí de Carlos III, Madrid, 1946, pp. 285-306.

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Las alforjas

diciembre 4, 2012

Las alforjas es un libro de viaje editado en Londres en 1853 que representa a la perfección el relato de los viajes románticos de la España del XIX. El libro fue escrito por un joven inglés de 26 años, George John Cayley, que por motivos de salud se afincó en Sevilla en 1852. Apareció primero en una revista con un título que explica bien su contenido:  The Bridle Roads of Spain. A Journey from Gibraltar to the Pyrenees in 1852  (Los caminos de herradura de España. Un viaje desde Gibraltar a los Pirineos en 1852).  Una narración de viaje que fue elogiada por Richard Ford y en la que nos cuenta sus impresiones sobre los lugares por donde pasa y sus aventuras, más deseadas que vividas, descritas con la franqueza e ingenuidad de este género. Una de sus estancias es Arahal, parada y fonda en los caminos andaluces.

La edición de Londres de 1853 lleva en la portada una ilustración cómica en la que aparecen los viajeros vestidos a la usanza española, acompañados por burrros y alforjas. Debajo, una frase del Quijote: “Con todo eso, dijo el Don Juan, será bien leerla, pues no hay libro tan malo que no tenga alguna cosa buena”.

Este es el itinerario que siguió Cayley en su viaje por España: La Junquera – Alicante – Cartagena – Cádiz – Sevilla – Ronda – Gibraltar – Málaga – Granada – Jaén – Villarta – Madrid – Cuenca – Segovia – Valladolid – Burgos – Vitoria – Irún.

Cayley, como muchos viajeros del siglo XIX, nos muestra una imagen tópica y pintoresca de Andalucía, ignorando en su afán de aventuras lo que acontece en realidad y realzando los tintes castizos y típicos. Cayley participaba de los prejuicios del visitante extranjero,  aumentando la visión de los malos caminos y el peligro de los bandoleros, sin los cuales perdería mucho interés su viaje. De este inglés dice Caro Baroja que era “un tanto snob… enamorado como un inglés romántico lo podía estar de Andalucía, que salió de Londres en plena exposición univeral, y que vestido a la andaluza y a caballo quiso emular a Don Quijote…” (1)

En la posada de Arahal durmieron una noche él y su acompañante. Es un Arahal tranquilo y apacible, en vísperas de ver pocos años después entrar la turba revolucionaria que quemaría los archivos. Cayley cuenta poco: la cena en la posada, tan abundante en carne de cerdo que casi le lleva a una indigestión y causa de que no pudiera tomar su breakfast a la mañana siguiente. Y poco más.

En la página 155 comienza el relato arahalense. El pueblo aparece ante los ojos de los viajeros después de atravesar una “llanura desnuda, árida, y ondulante”. La vista de Arahal al fondo no le parece muy importante  (an unremarkable white town): Continuamos nuestro camino, y enseguida vimos Arahal, un pueblo blanco sin nada que destacar, en un pequeño montículo. H. me preguntó a que distancia estaría, y yo calculé que a unas tres o cuatro millas. Según se aproximan al pueblo, los viajeros se rinden a la belleza del paisaje gracias a la luz del atardecer: Mientras cabalgamos hacia el pueblo, veíamos como la puesta de sol doraba los arcos de la destruida iglesia, proporcionando a este poco pintoresco lugar un aspecto muy bonito; todo depende de la luz con que ves las cosas…

Continúa el relato en Arahal: Llegamos a la posada y pedimos la cena. Mientras se hacía, estudiamos la guía de viaje. Descubrimos que el pueblo que habíamos visto al pie de la montaña era Morón, una célebre cueva de ladrones; y el siguiente pueblo en el camino de Ronda era aún peor, el célebre Olvera, famoso por el refrán “Mata al hombre y vete a Olvera”, el refugio más seguro y cómodo para la gente desesperadamente mala que había en España. Sin embargo, en el fondo nos alegramos, pues si teníamos menos seguridad, al menos tendríamos más aventuras. Por tanto, mientras este Arahal prerrevolucionario significaba tranquilidad, Morón y Olvera eran lugares peligrosos donde los viajeros esperaban encontrar alguna aventura.

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Interior de una posada a mediados del siglo XIX.

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A Cayley le sentó mal la cena por su apetito: Como estabamos muy hambrientos, comimos mucha carne de cerdo frita. Al no hacer la digestión antes de ir a la cama, tuve una indigestión y a la mañana siguiente fui incapaz de tomar cualquier cosa en el desayuno. Sin embargo, pensando que tendría hambre avanzado el día, salí y compré un pan pequeño, unas naranjas y un poco de queso holandés, como provisión para el camino.

Y a la hora de pagar la cuenta: Pensamos que el dueño de la posada nos cobraba demasiado, y cuando comenzamos a protestar, llamó a un siniestro personaje de un solo ojo, a quien habríamos elegido como capitán de  una banda de ladrones. Este árbitro imparcial se puso del lado del “señor” posadero y temimos que hubiera terminado a golpes con nosotros. Al final, pagamos.

La marcha de Arahal se complica en la plaza del mercado de abastos, la de la posada: Cuando estábamos saliendo, el capitán de los bandidos nos preguntó si los botones (que adornaban abundantemente nuestras ropas) eran de plata, y esto nos hizo sospechar que seriamos atacados ese mismo dia. La mala suerte nos acompañaba. Me sentía enfermo y nervioso, y cuando montaba mi asno, que coceaba rebeldemente, mis alforjas cayeron de la grupa. Un hombre que vino a ayudarnos, comentó a la gente de alrededor que eran muy pesadas, deduciendo que los ingleses iban cargados con metales preciosos. Esto añadía aún más atractivo a los merodeadores de la zona. Pero nosotros hicimos ostentación de nuestras pistolas, enfundadas en las fajas y tratamos de mirar tan ferozmente como pudimos, esperando parecer peligrosos. En este fragmento de arriba podemos comprobar el espíritu ingenuamente aventurero de los jóvenes ingleses, que tendrían un aspecto curioso, vestidos a la usanza española con sus fajas y alforjas.

Cayley y su acompañante salen de Arahal y buscan el camino de Morón: Descendimos la colina, tan convencidos de encontrar ladrones que vimos sospechoso a un pobre hombre que llevaba un burro cargado de ollas de barro… Empezamos a caminar, pero el camino que habiamos tomado no estaba muy claro y en el cruce de un arroyo, lo perdimos…

Así termina la estancia de Cayley y su acompañante en Arahal. Como en otros viajeros que han pasado por estas páginas nos hubiera gustado una mayor descripción del pueblo:  aquellas ruinas de iglesia vistas al atardecer (la iglesia de la Magdalena estaba nueva, hacía cincuenta años que se había construido); la posada donde se indigestó comiendo filetes de lomo, que sería la misma en que estuvo Washington Irving en 1829, veintitrés años antes; la plaza del mercado donde se le cayeron las alforjas; en fín, los personajes superficialmente descritos.

La imagen del bandolero que esperaba encontrar el viajero romántico en España. Este es el retrato de José María el Tempranillo que hizo John Frederick Lewis.

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Y la del castizo con navaja que dibujara Gustavo Doré, realizado en su viaje por España en 1862. El atuendo sería parecido al de Cayley y su acompañante.

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Notas

1.- George John Cayley (1826-1878). Inglés que estudió en Cambridge, Viajo y vivió en algunos paises extranjeros, entre ellos España. Fue corresponsal en la guerra de Crimea. Escribió articulos para periódicos. Fue autor de algunos escritos en prosa y verso. El más importante, “Las Alforjas” (1853), que se publicó primero como “The Saddlebags o “The Bridle Roads of Spain” en Bentley´s Miscellany. (Oxford Dictionary of National Biography)

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Bibliografía

Viajeros románticos en España

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